FUEGO

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«¡Qué pena que la precaria libertad humana, hecha para el cuidado de la madre tierra, de la bondad y solidaridad global, se emplee en el saqueo y el abuso, siempre esclavizadores!»

IGLESIA

Desde el fin del verano, no hay día en que los medios de comunicación no nos sobresalten con la noticia de un nuevo incendio, frecuentemente intencionado, en un bosque del planeta.

Portugal, California, Galicia, Asturias están sufriendo en carne viva los terribles efectos del fuego inmisericorde y depredador.

También La Rioja está siendo pasto de las llamas. Al pie de nuestra Sierra de la Demanda, la bella y entrañable aldea de Posadas, que se mira y alegra cada día en las aguas purísimas del Oja, ha visto cómo cien hectáreas de lo que era hasta ahora pino, enebro, serbal, rosal silvestre, brezo, acebo, maguillo, espino albar, se han convertido en humo irrespirable, en campo de ceniza, en negro hollín.

La sequía prolongada, el aumento de las temperaturas, la escasez de lluvias y la villanía malvada de algún desaprensivo provocan cada año la quema de miles de hectáreas de bosque y la correspondiente cifra de muertes: el semblante más triste de la desolación.

Hubo de ser asombroso el descubrimiento del fuego hace un millón y medio de años. Cuánto miedo, terror seguramente, hubo de provocar su aparición. Y, sin embargo, cuando el ser humano supo domesticarlo, custodiarlo, producirlo él mismo, usarlo en favor de las personas, cómo fueron mejorando las condiciones de vida hasta hoy.

Fuego que no fue solo impulsor de la técnica, el progreso, sino también un símbolo que nutrió la creación literaria y filosófica, vías privilegiadas de conocimiento e interpretación de lo real. Baste recordar el mito de Prometeo, torturado por robar el fuego a los dioses y devolverlo a los humanos. O el pensamiento de Heráclito, para quien el fuego era la expresión metafórica del dinamismo de la vida y del mundo.

¡Qué pena que haya gente empeñada en convertirlo en un arma letal! ¡Qué pena que la precaria libertad humana, hecha para el cuidado de la madre tierra, de la bondad y solidaridad global, se emplee en el saqueo y el abuso, siempre esclavizadores!

Y, sin embargo, hay algo estremecedoramente hermoso y significativo, que ocurre siempre. Frente a la tragedia y la maldad humanas surge siempre la gente bondadosa, solidaria y unánime, que se apresta a ayudar, a compartir lo que es y lo que tiene con quien lo necesita más; gente dispuesta siempre a ser aliento, auxilio generoso, lluvia buena, desde la discreción.

Hace ya dos mil años que unas lenguas de fuego se adueñaron de un puñado de apóstoles e incendiaron el mundo. Lo incendiaron de amor, del más hermoso y feliz de los amores: el que nos hace hermanos, hijos del mismo Padre. Y quemaron su vida en testimonio de que somos iguales, de que la dignidad humana es inviolable, de que el más pequeñuelo es el más grande, de que servir es la única manera de reinar.

Testigos de ese fuego generoso son los que alzan su voz contra lo injusto: la miseria y el hambre, la carencia de techo, de trabajo, equidad; testigos, los que siembran y exigen respeto a los derechos de cada ser humano, de la naturaleza, nuestra casa común.

Testigos de ese fuego son nuestros misioneros; testigo es nuestro obispo, que lucha con denuedo para que nuestra iglesia diocesana avive el ascua de la fe y se ponga en estado permanente de misión. Testigo es nuestro amigo Justo García Turza, que volverá a honrar esta página tan suya, en cuanto se reponga de sus males, que ofrece por cada uno de nosotros con amor y piedad.

¿Cómo serlo nosotros? Educándonos en el respeto mutuo, en el cuidado común del medio ambiente, en la predilección por los más débiles. Así florecerá nuestra existencia. Vivir es convivir.

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