LA ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO

LA ESPÍA  QUE SURGIÓ DEL FRÍO

JOSU EGUREN

Tras desgajarse de Chad Stahelski -su media naranja en el rodaje de 'John Wick'-, David Leitch emprende una carrera en solitario que en su primera etapa tiene como meta reconvertir a Charlize Theron en heroína de acción surgida del frío. La excusa la ponen Antony Johnston y Sam Hart, de quienes el guionista Kurt Johnstad toma prestada la adaptación de la novela gráfica 'The Coldest City', aunque el interés del texto pasa a segundo plano cuando entra en juego la cámara para insistir en la iconicidad de un personaje que se construye alrededor de sus atributos estéticos -algo que ocurre cada 20 o 30 segundos-.

El teatro de operaciones de 'Atómica' es el Berlín apocalíptico de finales de los 90, un año antes de la caída del muro, un escenario fotografiado en tonos gélidos y azulados por el que corren en paralelo los hombres de C.I.P.O.L. de Guy Ritchie, y se superponen tramas de espionaje descartadas de las bibliografías de John Le Carré y Graham Greene. Con la ambigüedad moral de la fauna que rodea a la agente Lorraine Broughton reducida a una línea, Leitch explora las inclinaciones sáficas de la protagonista desde el fetichismo, dando a entender que este rasgo, en su vertiente erótica, es lo que la justifica.

La construcción integral del personaje, que podría haber matizado mejor su invulnerabilidad a partir de un primer juego de desnudos parciales en los que la actriz sudafricana se ofrece a la cámara en carne viva, vira hacia un terreno en el que se define por su habilidad para neutralizar enemigos en 'set pieces' brillantemente planificadas que dejan en evidencia las limitaciones de Theron para asimilar el 'timing' de unas coreografías que le exigen al máximo. A pesar de todo, es en esta faceta donde despega una película que se recrea en una madeja de confusión argumental de la que no encuentra una salida por la vía narrativa.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos