Envejecer no es sólo un proceso físico

La ilusión no es  una cuestión de edad.  :: Yuri Arcurs/fotolia/
La ilusión no es una cuestión de edad. :: Yuri Arcurs/fotolia

Conservar la voluntad de aprender y disfrutar de lo acumulado en las etapas anteriores de la vida contribuye decisivamente a sentirse mejor durante un espacio vital que, con los avances médicos, cada vez ocupa más años

MIGUEL AIZPÚN LOGROÑO.

Envejecer no es tan sólo un proceso físico. La actitud mental ante el ingreso en esta etapa de la vida influye también, y muy poderosamente, en la calidad de vida de los últimos años. Zenón, el personaje creado por la escritora francesa Marguerite Yourcenar, tenía como máximo objetivo en su vida morir un poco menos tonto de lo que había nacido. Un objetivo que compensó a este médico y alquimista del siglo XVI, «más real que otros seres de carne y hueso», de un entorno social hostil y de las persecuciones a las que fue sometido.

Conservar esa voluntad de aprender y disfrutar de lo acumulado durante las etapas anteriores de la vida contribuye decisivamente a sentirse mejor durante un espacio vital que, a medida que se generalizan los avances de la medicina, cada vez ocupa más años. Esa frase, tantas veces repetida, de «tener una vida propia», adquiere su verdadera dimensión en la vejez. Porque es entonces cuando resulta verdaderamente imprescindible para blindarse ante los achaques propios y la desconsideración de necios o desagradecidos. Reforzar la fe en uno mismo resulta imprescindible en esta época de la vida, porque constituye un recurso fundamental para el necesario equilibrio.

Dificil adaptación

Así como se ha avanzado en la atención sanitaria a los ancianos, el entorno actual ha empeorado Nunca se debe caer en la tentación de pensar que lo aprendido a lo largo de la vida no sirve para nada

Así como se ha avanzado mucho en la atención sanitaria dispensada a los ancianos, el entorno actual ha empeorado notablemente respecto a épocas anteriores.

En la antigüedad, los ancianos eran admirados por los saberes acumulados a lo largo de su vida. La utilización de la fuerza y su grado era utilizada en función del consejo de los mayores. El Senado o el Consejo de Ancianos constituían, en las civilizaciones antiguas, la expresión de la sabiduría que debía gobernar la vida de los ciudadanos y decidir sobre las grandes decisiones políticas.

Hoy, la situación es muy diferente. Los espectaculares avances tecnológicos, que se han producido en muy pocos años, hacen que los saberes de las personas mayores se consideren obsoletos. Y son, precisamente, las personas de avanzada edad las que tienes enormes dificultades para adaptarse al mundo en el que les ha tocado vivir. Los jóvenes manejan con facilidad recursos que muchos ancianos no saben utilizar y que se han convertido en las nuevas fuentes del saber. Ello motiva que muchas personas mayores sean arrinconadas, como reliquias integrantes de un mundo que desaparecerá definitivamente cuando ellas mueran.

Seguir aprendiendo

Lamentarse ante una situación real no conduce a nada. Pero la cultura, tan postergada en unos tiempos dominados por el utilitarismo, constituye, para las personas mayores, un arma eficacísima para blindarse frente a un entorno generalmente adverso. El interés por aprender facilitará su adaptación a los nuevos medios y descubrirá que los saberes acumulados le ayudan considerablemente a manejarse en situaciones donde otros más jóvenes se sienten desconcertados.

Nunca se debe caer en la tentación de pensar que lo aprendido a lo largo de la vida no sirve para nada, dado que la valoración de los saberes es ahora distinta. La cultura constituye un fundamento necesario para avanzar. Lo que ocurre es que se diversifica en ámbitos cambiantes, a los que uno debe adaptarse. Y esta adaptación, en ocasiones, no resulta nada fácil. La tarea exige tiempo, voluntad y sacrificio, pero asumirla resulta imprescindible para no quedarse aislado respecto a unos cambios en los que se basa la evolución de la sociedad.

Tan peligrosa y dañina como la tentación anterior resulta la sobrevaloración de lo aprendido para descalificar el mundo en el que uno está obligado a desenvolverse.

Algunas personas mayores critican los avances tecnológicos, por considerar que atentan contra los valores y la cultura en la que fueron formados cuando, en realidad, se trata de medios con capacidad para potenciarlos.

Cuando se descubre Internet, con la experiencia de un anciano, las posibilidades de aprovechar las prestaciones de esta herramienta se multiplican. Muchas personas mayores, aficionadas al arte, por ejemplo, disfrutan con el recorrido virtual por museos de todo el mundo, frente a los elementales y áridos libros en los que estudiaron. Otras encuentran un bálsamo para su soledad, a través de la comunicación, a través de la red, con otras personas en su misma situación o receptivas y comprensivas con ella. Los jóvenes que imparten cursos de Internet para mayores suelen destacar que su curiosidad y capacidad de saborear los nuevos mundos resulta muy superior a la suya.

El mundo avanza por la voluntad de aprender de sus habitantes. La aventura del saber no valora la edad, sino el interés y las capacidades. Todos conocemos personas de edad avanzada cuyas ganas de vivir superan, notablemente, a las expresadas por jóvenes desencantados y apáticos. Tampoco la ilusión es cuestión de edad.

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