Un enorme patrimonio codicológico que va mucho más allá de las Glosas

P.G. LOGROÑO

La carrera -a veces enloquecida- por encontrar el monasterio que guarde en sus archivos la primera palabreja suelta más o menos escrita en castellano amenaza con esconder dos certezas evidentes: la relevancia filológica que todavía hoy mantienen las Glosas; y la riqueza del patrimonio codicológico emilianense, muchos de cuyos manuscritos aún están pendientes de estudio.

En primer lugar, el Códice 60 de la Real Academia de la Historia (RAH) matiene su vigencia como primer texto escrito en castellano, aun con las dudas que genera su datación. La pendencia entre Valpuesta y San Millán resulta ser en buena medida artificial -e interesada-: el latín se convirtió en un idioma nuevo a través de un larguísimo proceso que fue aflorando poco a poco en un territorio situado entre las actuales provincias de Burgos y La Rioja. Las Glosas, en este sentido, se convierte en el primer documento en que el protorromance comparece en todas sus facetas: léxica, morfológica, sintáctica... «Ya es una lengua nueva que se despliega en todos sus niveles, con una voluntad clara de separarse del latín», resume el catedrático en Filología Claudio García Turza.

Pero el de San Millán fue, además, un poderoso foco cultural en la Alta Edad Media. Solo en la Real Academia de la Historia hay 67 manuscritos procedentes de la antigua biblioteca de Suso, algunos tan valiosos como el hermosísimo Beato de San Millán (códice 33), incluido por la Unesco, junto con otros dos beatos emilianenses (comentarios del Apocalipsis), en la lista de «documentos de interés mundial» que, por su belleza, relevancia y fragilidad, merecen ser preservados a toda costa.

Ninguno de ellos está hoy, por azares del destino, en San Millán de la Cogolla. Pero esa es otra historia.

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