EMIGRANTES Y REFUGIADOS

«La integración, es cierto, pide un orden. ¿Pero han de ser la fama y el dinero, el poder y el prestigio los que han de establecerlo? ¿No ha de ser el apoyo al desvalido, al que no tiene medios, al más pobre, la norma prioritaria?»

IGLESIA

Lo vemos a diario. Huyendo del hambre o de la guerra, millones de personas se desplazan de sus lugares de origen en busca de una tierra prometida, una tierra en la que no sufran la amenaza de la muerte, los rigores de la pobreza extrema, la agonía de la persecución.

Afrontando el calvario del desierto, las olas de los mares, vienen hasta nosotros en busca de un espacio donde sobrevivir. A las puertas de Europa llaman pidiendo asilo, acogida, trabajo, condiciones de vida acordes con su dignidad.

Las antiguas batallas navales por el dominio del Mediterráneo se han convertido estos años en el injusto y desigual combate entre unas frágiles pateras y el oleaje sobrecogedor e inmisericorde, entre el naufragio de los frágiles y la insensibilidad de los poderosos.

Los países ricos no acabamos de reaccionar, no acertamos a poner en marcha una política común de ayuda a los países pobres, a acoger con racionalidad sensible y generosa a los migrantes y resolver humanamente las peticiones de asilo de los refugiados.

Los medios de comunicación nos informan diariamente de la tragedia. Y si es cierto que todos nos conmovemos con los dramas que vemos y escuchamos a distancia, cuando los rostros se nos acercan solicitando ayuda, la indiferencia o el recelo nos anestesian o echan atrás. La compasión primera, sin otro compromiso que el sentimental, acaba transformándose en costumbre y banalizando el sufrimiento ajeno.

No son solo, por tanto, las fronteras políticas, sino también las mentales, las que se dejan llevar de la indiferencia o del miedo a perder niveles de bienestar o de seguridad.

El Papa Francisco lo señala certeramente: «En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz, siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano».

El Papa nos pide compromiso personal y comunitario a todos y concreta medidas necesarias: «El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesario para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu».

Adela Cortina pone el dedo en la llaga: «Muchas veces el rechazo a los inmigrantes o refugiados no viene del hecho de que sean personas de determinados grupos étnicos o países. Cuando llegan otras personas de esas mismas etnias y orígenes como turistas, futbolistas de éxito, artistas o empresarios son muy bienvenidos. Por tanto, hay algo detrás de eso, que es la aversión al pobre».

¡Qué triste! Y ¡qué inhumano! Y ¡qué injusto! Que se abran de par en par las puertas a quienes tienen medios sobrados para comprar cualquier capricho y, sin embargo, se les cierren a quienes traen consigo angustia acumulada, hambre y zozobra, pobreza, soledad.

La integración, es cierto, pide un orden. ¿Pero han de ser la fama y el dinero, el poder y el prestigio los que han de establecerlo? ¿No ha de ser el apoyo al desvalido, al que no tiene medios, al más pobre, la norma prioritaria?

Cuando la economía aplasta al ser humano, en lugar de servirlo, ¿dónde está el verdadero beneficio, que es la paz, la justicia, la verdad del respeto a la persona, la igualdad de oportunidades, la bondad?

La lluvia no distingue países ni fronteras cuando besa a la tierra en su sequía. Y el ruiseñor no cobra nunca entrada en sus conciertos. Que la naturaleza, buena madre, es regazo entrañable para todos, sin excepción ninguna. ¿Por qué nosotros no?

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