DOLOR

«Lo más frecuente es, sin embargo, que se alternen los gozos y las penas, las luces y las sombras; o que compartan escenario en dosis iguales, tal como las estrellas en la noche o la penumbra en el fervor del mediodía»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Hay vidas y momentos de la vida que parecen auroras: todo es flor que se abre, luz que se multiplica. Y hay vidas y momentos de la vida que son noches oscuras: todo es ciego, hermética clausura. Los primeros rebosan esperanzas; los segundos rezuman pesares y tristeza.

Jorge Guillén nos muestra esa visión alegre de la vida: «Ser, nada más. Y basta. / Es la absoluta dicha». Se conforma con ser, no necesita más para ser feliz, y serlo en grado sumo. El paso del tiempo irá transformando su cántico en clamor, haciéndole matizar su perspectiva.

La visión de César Vallejo es, sin embargo, opuesta: «Y desgraciadamente/ el dolor crece en el mundo a cada rato, / y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces/ y la condición del martirio, carnívora voraz/ es el dolor dos veces/ y la función de la yerba purísima, el dolor/ dos veces/ y el bien de ser, dolernos doblemente...». Es sensible al dolor, que nos trastorna a todos. Pero tal percepción no le lleva al desánimo, sino a la acción fraterna y solidaria; esa que sabe acompañar el llanto, combatir con denuedo la injusticia: «¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos, / hay, hermanos, muchísimo que hacer...».

Lo más frecuente es, sin embargo, que se alternen los gozos y las penas, las luces y las sombras; o que compartan escenario en dosis desiguales, tal como las estrellas en la noche o la penumbra en el fervor del mediodía.

Todos somos conscientes de cómo, desde el nacimiento, el gozo y el dolor van de la mano, de cómo los gemidos del parto se transforman en exclamaciones de alegría; de cómo ver al hijo ya en los brazos hace olvidar lo sufrido, para gozar del nuevo ser humano, que tanto gozo da y que tanto necesita. ¿Que dicha hay comparable a la de dar la vida, aun a costa de la propia? El amor no repara en sacrificios: todos los da por buenos con tal de hacer feliz a quien se ama.

El amor es la clave. Y el dolor, si es entrega, es la señal irrefutable que lo verifica. Así lo sentía y entendía Pedro Salinas: «No quiero que te vayas/ dolor, última forma/ de amar. Me estoy sintiendo /vivir cuando me dueles». Salinas entendía y sentía el dolor como la prueba de que el amor y la vida eran reales. Y la intensidad de su dolor medía y expresaba su intensidad amorosa y la autenticidad de su vivir.

«Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por los que ama» (Jn 15,13), había dicho Jesús. Y su mejor manera de decirlo fue ofrecerse cordero en sacrificio, para salvar a todos, en aquella colina de la cruz. Allí, desde el abismo del dolor más profundo, del amor infinito, dejó heridos de muerte para siempre el odio y la violencia y la injusticia.

Hugo Múgica comenta así un verso de Georg Trakl, que alude al encuentro de Tomás con Jesús resucitado: «El incrédulo apóstol, el apóstol de los incrédulos, reconoce en el dolor del redentor al redentor del dolor, a aquel que le da sentido haciendo del dolor una posibilidad del amor, quizá, la de la única forma de amor que no se busca a sí mismo».

No reconoce a su «Señor mío y Dios mío», en su poder o sus milagros, lo reconoce en las marcas del dolor que paradójicamente son las marcas ya no de la historia de ese dios sino de su resurrección: los desgarros de su humanidad como rasgos de su divinidad.

El dolor, si no anula, purifica, revela lo esencial de la existencia; si es de amor salva siempre.

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