EL DESASTRE DE LOS ARTISTAS DEL PROTOCOLO

Salimos con amargo sabor de una fiesta y entramos en otra a ver lo que pasa. Si 'The party' ahondaba en la actitud canallesca del ser humano encabronado por los prejuicios y satirizaba la decadencia de una clase satisfecha, arrogante y cínica no hay nada para recomponer el ánimo como devolver a su esencia de absoluto desmadre los valores de la comedia tradicional.

La programación de cine de Actual 2018 se cierra con la proyección del filme francés 'C'est la vie!', un estrambótico divertimento firmado por la pareja de directores Olivier Nakeche y Eric Toledano. Los artífices de 'Intocable', en busca del pelotazo, reajustan su comicidad y colapsan la pantalla con un simpático disparate, en el mejor sentido del término, cuya única finalidad, es enganchar al espectador con una historia tronada y hacerle reír sin tregua. En todo el metraje no se observa otra intención. Si la hubiere, pertenecería a otra película.

Este disolvente colofón, tras un recorrido fílmico de denso calado en algunas propuestas, es un título colocado como área de descanso para desengrasar el empacho absorbido. 'C'est la vie!' actúa como cine comercial y propone una dietética adelgazante, elaborada con ingredientes infalibles cuya misión no es otra que entretener con el enredo y estropicio de un puñado de criaturas mete patas que la lían, y gorda, en el momento clave de una ceremonia nupcial.

Película coral contada desde el punto de vista de tres personajes indispensables para el perfecto funcionamiento del sarao organizado después del exitoso enlace matrimonial: el personal de catering, el rocambolesco fotógrafo y el peculiar DJ.

El gran actor francés Jean Pierre Bacri interpreta al jefe de protocolo Max. Siempre adusto, tieso, serio y sobrado de arrogancia, sobre el que recae la responsabilidad que todo el evento tenga un aspecto cuidado y elegante. Sin embargo, su rocosa eficacia e infatigable atención no es garantía del mejor de los éxitos. El equipo contratado por su empresa, deslabazado y como se verá, patoso, no cumple el mínimo de exigencia y su evidente torpeza desemboca en un delirante torrente de percances cuya máxima es saber quién hace el desaguisado más grande.

La boda acontece en un castillo del siglo XVII. Se trata de un acontecimiento de alto copete. Max no puede fallar. Su hoja de servicio es intachable, honrosa y profesional. Tiene por delante un reto que colma sus expectativas. La boda entre Pierre y Helena representa su gran ocasión para demostrar su alta cualificación. Pero en cine, y en el ámbito de la comedia, no es motivo para reverdecer laureles. En cuanto se produce el primer tropezón del camarero, el fotógrafo ignora el manejo de la velocidad de obturación y el pincha discos confunde los ritmos, el descontrol se apodera de la situación. Y ya se sabe, las calamidades son como la bola de nieve: aumenta de tamaño en su rodamiento.

Sus autores pensaron en El guateque, la formidable película de Blake Edwards, como punto de partida para establecer una pauta de comedia maniobrada en función de la capacidad de emborronar la juerga planteada por parte de los personajes seleccionados. Todos tienen sus minutos de gloria y quien más y quien menos la prepara parda. Este enfoque también les sirve a los directores/guionistas para trazar una intencionada radiografía social de la Francia actual, con esa mezcla de etnias y razas. Pero ante todo, 'C'est la vie!', es un entretenido dislate, una maquinaria de relojería encaminada a que el público disfrute con algo tan prosaico como el simple lanzamiento de tartas. Un recurso tan viejo como útil cuando la imaginación no da para más.

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