EL DERRUMBE

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

En las cimas de los montes brilla una estrecha linea blanca, tan nítida que la nieve aparenta estar al alcance de la mano. El día es claro y frío, y a ratos se levantan remolinos de un aire rabioso que parece lleno de finas agujas de hielo. En el pueblo, nadie; calles de piedra vacías bajo un cielo impasible y silencioso. Un par de mastines me miran con indiferencia, luego se estiran perezosos sobre sus patas delanteras y me lanzan dos bostezos sincronizados y mudos. «Dicen que los inviernos en la sierra son duros» -cuenta un vecino- «pero más que duros son tristes, porque aquí no queda nadie». Este es el viejo lamento que recorre los Cameros como cenizas de un incendio. Es el eco de una amargura antigua; de esto aquí ya saben mucho.

Los cameranos relatan de memoria historias en blanco y negro. Cuentan que en Soto llegó a haber 2.500 habitantes, o recuerdan cuando Laguna se convirtió de pronto en un fantasmal lugar de mujeres porque, al acabarse el negocio de la lana, todos los hombres del pueblo tuvieron que emigrar. En Jalón Roberto vuelve de nuevo al presente para hablar del desmoronamiento rural de hoy, de una agonía ante la que nadie pone remedio. «Es el derrumbe de la sierra», dice Roberto, el final de la vida en los pueblos.

La Rioja vive una emergencia demográfica desconocida, se desangran nuestros pueblos en un goteo dramático e inexorable. Fueron cerrando las escuelas, los jóvenes se marcharon para labrarse un futuro y ya sólo queda gente mayor. «Abuelo que se muere, casa que se cierra», dice Chus en Torrecilla. Luego se queda callado y posa su mirada lejos, en el rincón donde se guardan las penas y las palabras que no quieren pronunciarse.

Siempre dicen que los veranos llenan la sierra de vida, y entonces parece que -como escribía Jesús Carrasco en 'Intemperie'- «Dios afloja por un rato las tuercas de su tormento»; pero es un mero espejismo, el instante de lucidez de un enfermo terminal. En fiestas las risas de los chavales recorren las calles empedradas mientras el pueblo se muere. Hay verbena. Los músicos no lo saben pero los vecinos sí; quien actúa sobre el escenario de la plaza es la orquesta del Titanic.

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