Dadá en Rusia, los risueños asesinos de la pintura

'El carrusel de Guillermo' (1914),una litografía de Malévich y Mayakovski. /  MUSEO  NACIONAL MAYAKOSKY DE MOSCÚ
'El carrusel de Guillermo' (1914),una litografía de Malévich y Mayakovski. / MUSEO NACIONAL MAYAKOSKY DE MOSCÚ

Una gran exposición reivindica la crucial aportación de la vanguardia rusa al dadaísmo en el Reina Sofía

MIGUEL LORENCI MADRID.

Poco antes del que la primera guerra mundial y la revolución soviética comenzaran a masacrar a millones de personas, un grupo de «antiartistas» europeos se conjuraban para asesinar la pintura esbozando una sonrisa. En 1913 se fraguó la conspiración Dadá en el cabaret Voltaire de Zúrich que frecuentaba Lenin. Al otro lado de Europa, en la Rusia presoviética donde «Da-dá» significa «no-no», había otra banda de radicales agitadores y risueños asesinos de la pintura, tan dadaítas o más que la banda de Tristan Tzara. Sabemos todo del Dadá occidental y casi nada del oriental, del activo batallón de «protodadístas» rusos a los que el Reina Sofía reivindica con una de las más vastas e interesantes exposiciones de su temporada. Comisariada por Margarita Tupitsyn y organizada con la Comunidad de Madrid, 'Dadá ruso 1914-1924' es la primera gran muestra dedicada a la vanguardia rusa «desde el prisma canónico del movimiento Dadá». Explora «los rasgos de innovación y agitación artística compartidos por ambas tendencias», según su comisaria de la muestra, en cartel desde mañana hasta el 22 de octubre,

Aunque la mayoría de los críticos sitúan la irrupción del Dadá en Zúrich, París, Berlín o Nueva York, la exposición «presta mayor atención al contexto artístico de la Rusia pre y posrevolucionaria» y «a reivindicar su protagonismo dentro del radicalismo estético del Dadá».

«Nosotros hemos abandonado el futurismo y los más valientes entre los valientes hemos escupido en el altar de su arte» escriba en 1915 Kazimir Malévich, puntal del constructivismo y de la muestra. «En cada 'sí' Dadá ve simultáneamente un no. Dadá es un si-no» explicaba Theo Van Doesburg en 1919. «Constructivismo y Dadá son dos caras de la misma moneda, pero nos faltaba la cara del Dadá, de quienes inspiraron la revuelta y el cambio del 14 al 24», asegura un siglo más tarde Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía.

Destaca la crucial aportación de un movimiento que llevó al arte «ironía, risas, teatralidad, paradoja, crítica y antibelicisimo». De unos risueños «agitadores» que lo mismo se inspiran en Chaplin que en Grosz o en el Duchamp que con su urinario 'Fuente' puso el arte patas arriba en 1917. «Da-dá en ruso significa sí-sí, pero a ellos les interesa el no-no», dice Borja-Villel de unos artistas «cuya visión de la modernidad ha conformado nuestro presente». Un movimiento que, según el pintor y cineasta Hans Richter, «tiene en la risa la única garantía de la seriedad con la que practicábamos el antiarte».

Con abundante material inédito, la muestra reúne 500 obras: 250 pinturas, collages y dibujos; 73 fotografías; 150 documentos y publicaciones y 22 películas y audios. Todos se realizaron en el apogeo del Dadá, entre la Gran Guerra y la muerte de Lenin en 1924. Sus creadores son cerca de 90 artistas y «antiartistas» rusos y de otros países europeos como Natan Altman, Iván Kluin, Gustav Klutsis, El Lisitzki, Kazimir Malévich, Vladímir Mayakovski, Iván Puni, Aleksandr Ródchenko, Olga Rózanova, Varvara Stepánova, Vladímir Tatlin, Iliá Zdanévich, Natalia Goncharova o Francis Picabia, Kurt Schwitters, Man Ray o Tristan Tzara. Sus obras demuestran «su intención de involucrarse en proyectos de agitación pública» y de «adoptar la negación, la ironía, el absurdo y el azar como principios básicos de su arte», según Margarita Tupitsyn. De reinventar la pintura asesinándola «mediante la negación del arte clásico y apostando por performances extravagantes, campañas antibélicas y una innovadora forma de fusionar lo visual y lo verbal». Unos rasgos que, según la comisaria, «comparten la vanguardia rusa y el movimiento internacional Dadá»

Dividida en tres secciones, la muestra arranca con el inicio de la primera guerra mundial y los años previos a la revolución soviética. Con las primeras manifestaciones «protodadá» y otras obras que reflejan el impacto de una guerra que, según Malévich, «se equivoca en su lucha contra los cuerpos y que debiera ir contra el arte y las formas de la vieja cultura».

De 1917 a 1924, la segunda parte va del triunfo de la revolución a la muerte de Lenin. Cuenta cómo el nihilismo de los vanguardistas ante las normas establecidas les sensibilizó ante la nueva realidad política les involucró en revolucionarios proyectos de propaganda y agitación «adoptando originales formas de producción para construir un mundo distinto, con una visión alternativa de la ciudad y del hombre». Se cierra con 'Dada Bridge', que analiza las conexiones entre Rusia y los grandes centros dadaístas a través El Lisitzki en Berlín o Serguéi Sharshun e Iliá Zdanévich en París y la internacinalización de todos los artistas rusos que cambiaron el arte.

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