Crecer con un solo 'golpe' al día en el país del hambre

Uno de los centros del programa Alimenta la Solidaridad. :: r. c./
Uno de los centros del programa Alimenta la Solidaridad. :: r. c.

Donde el sueldo mínimo sólo da para una galleta, muchos niños de Venezuela comen su único plato gracias a un programa colaborativo

DOMÉNICO CHIAPPE MADRID.

La jornada comienza cuando todavía no ha salido el sol, a las cinco de la madrugada. Gabriela Vegas, más conocida como La Negra, de 34 años y tres hijos, se levanta para ayudar a su madre a preparar la comida que servirán a los 85 niños que comen cada mediodía en su casa. La Negra los conoce a todos, y de memoria puede visualizarlos y contar para cuántos de esos pequeños será su única comida al día: 28. «Los demás comen dos veces. Una aquí, la otra en su casa». Nadie tiene para los tres 'golpes', como se conoce a cada comida en la jerga del barrio. Un golpe, una comida. Hoy toca pollo al horno con pasta. Once pollos para los 85 niños, más de cuatro adultos discapacitados, sin recursos para alimentarse. «Cada día vienen dos mamás a encargarse del comedor», dice La Negra. «La preparación del plato de hoy comenzó ayer, cuando mi esposo despiezó cada pollo entero. A las 11 tiene que estar todo listo».

No pueden demorarse. A las 10:30 ya hay una larga fila esperando para entrar. Son los rostros de la desnutrición y del absentismo escolar, del 38%, según datos de la Asamblea Nacional de Venezuela. Los padres prefieren que los niños duerman hasta mediodía y se salten el desayuno. Desde hace dos años, comen uno de los 'golpes' en casa de La Negra, un 'rancho' del sector San Miguel, en la parte alta de La Vega, uno de los más populares de Caracas. A las 11:30 pasa el primer grupo. De doce en doce. Llevan sus platos limpios, las manos lavadas. Se sientan en las tres mesas y rezan antes de comer. «Les enseñamos que tiene que haber respeto», dice La Negra, que empezó hace un año en el programa Alimenta la Solidaridad, de carácter apolítico. «Eran 50 niños, busqué un sitio adecuado y no encontré, la escuela pública me negó el espacio. Así que puse mi propia casa».

La Negra conoce bien el fantasma del hambre. «El primero de enero llegaron dos hermanos de por aquí. Tocaban la puerta y se escondían. Lloraban inconsolables. Me dijeron: 'No hemos comido nada y sabemos que si tú tienes, nos vas a dar'. Sus padres los habían acostado a las 6 de la tarde porque no tenían cómo alimentarles. Les dijeron que tomaran agua y se durmieran. El día anterior había sido fin de año. Pero yo no tenía ni hallaca (plato típico venezolano de las fiestas navideñas) ni pernil. Sólo pasta con caraota (frijol negro). Eso compartimos». El de La Negra es uno de los diez comedores de la red tejida por Alimenta la Solidaridad, que atiende a 1.060 niños de lunes a viernes, con el trabajo voluntario de 200 madres.

De las madres y los propios niños. «Los martes nos traen la comida: plátano, verdura, arroz, pasta, costilla, huevo, papa... Desde la calle donde llega el Jeep que la trae hasta mi casa hay 115 escalones. Son los niños los que ayudan a cargar las bolsas. No tenemos agua de miércoles a viernes, y son los niños los que la cargan para poder cocinar. Ellos solitos. Están aquí a las 7:30, tocando la puerta». Ahora tiene a 25 niños en lista de espera. La Negra hace una pausa, dice: «Es triste ver que tu hijo está llorando porque tiene hambre».

Interesado por las políticas públicas que habían reducido la violencia en otros lugares del mundo, Roberto Patiño cursó maestría en Harvard antes de fundar Alimenta la Solidaridad. «En un cine al aire libre que organizamos como parte de un programa para reducir la violencia, se me acercó una niña, Fabiola, y me dijo: 'Dame algo de comer, que me muero de hambre'. Fue un terremoto para mí».

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