EN CONSTRUCCIÓN

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Cuando parecía que el 'Don Quijote' de Terry Gilliam se había instalado para siempre en la leyenda del malditismo, junto a otros clásicos irrealizados como 'Napoleón', de Stanley Kubrick, o 'Megalópolis', de Francis Ford Coppola, el empeño y la tozudez del Monty Python ha hecho posible una empresa en la que fracasó el mismísimo Orson Welles. 30 años después de plantear la idea -18 si contamos desde que tuvo que abandonar un proyecto que chocó contra molinos, catástrofes naturales y la delicada salud de Jean Rochefort cuando la película estaba en pleno rodaje- Gilliam ha traído a la vida la historia de un noble hidalgo enfermo de locura que ya proyectaba su sombra sobre 'Las aventuras del barón Munchausen' (1988).

No son pocos los rasgos que comparte el Quijote de Gilliam con el barón fantástico interpretado por John Neville (también rodada en España) -si se quiere un ensayo inconsciente sobre la adaptabilidad de la obra de Cervantes en la que el director de 'El sentido de la vida' pagó tributo a la influencia recibida de la filmografía del checoslovaco Karel Zeman- aunque en esta ocasión se anticipa a la contingencia facturando una película si no menos ambiciosa -porque no puede serlo-, sí al menos más posibilista, en la medida en la que concentra el espíritu de la obra de Cervantes en una edición abreviada.

Al igual que Welles, Gilliam se siente fascinado por un folklore que termina integrándose en su universo fantasmático a modo de aporte surreal, subrayando el vínculo entre sus obsesiones y la naturaleza cuasimágica del hecho cinematográfico. Frustrante e imperfecta -Gilliam no se preocupa ni aspira a definir una narrativa ordenada y canónica-, 'El hombre que mató a Don Quijote' gustará a los espectadores que se liberen de las cadenas de la literalidad para dejarse arrastrar a las profundidades del sueño de un loco que analiza el mundo con una extraordinaria lucidez.

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