CONSIGNAS Y CABALGATAS

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Ebenezar Scrooge decía que la Navidad no era más que otra excusa «para saquear el bolsillo de un hombre cada 25 de diciembre». El protagonista codicioso y desalmado de 'Un Cuento de Navidad' entendía así las fiestas navideñas, y con su frase Dickens ya nos mostraba hace más de siglo y medio el carácter comercial de estas celebraciones. Los villancicos siempre han sonado mejor al ritmo de las cajas registradoras; es la Navidad, amigos, y aunque la música no nos guste hay que salir a bailar.

En nuestro país el escaparate navideño alcanza su máxima expresión la noche del 5 de diciembre, cuando miles de familias salen a las calles para disfrutar de las Cabalgatas de Reyes y conforman una audiencia demasiado jugosa como para dejarla escapar. Desde siempre yo recuerdo ver volando caramelos de entidades bancarias, pegatinas, globos de colorines con propaganda y mensajes comerciales más o menos encubiertos en las comparsas de sus Majestades. Esto no es ninguna novedad, lo inédito es la doctrina, querer colocar bochornosamente consignas ideológicas -totalmente respetables- en un acto tradicional destinado al público infantil.

Ya el año pasado en Vic los independentistas catalanes llenaron el desfile con farolillos de esteladas, y esta vez pretenden teñir la cabalgata de Manresa de amarillo, que es el color simbólico con el que exigen la libertad de los políticos encarcelados. Al lado de estos enajenados lo de la Drag Queen de Vallecas no es más que una torpeza cutre y fuera de todo lugar; no es ni el sitio ni el momento. Yo siempre defenderé la lucha de las personas LGTBI, pero esta clase de ideas les hacen cruzar demasiado a menudo la frontera del ridículo y les benefician poco. No pasa nada, es de humanos equivocarse y más tras las resacas de año nuevo, pero como las críticas les han llegado hasta de su propio colectivo, unos cuantos se han lanzado de cabeza a las arenas movedizas de la demagogia y se los ve chapoteando mientras sacan el megáfono para proclamar que Bob Esponja y Olaf tampoco son Reyes Magos. No hay que perder el tiempo en contestarles; como dice Bill Murray en 'Los fantasmas atacan al jefe' (versión ochentera y cinematográfica del 'Cuento de Navidad' de Dickens) «la vida me ha enseñado una gran palabra: imbécil».

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