COMPAÑEROS DEL METAL

COMPAÑEROS DEL METAL

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

Por suerte, conservo algunos amigos con los que haría un mortal con los ojos vendados; son de esas personas a las que puedes llamar hermanos sin que medien la sangre ni el tiempo. Compañeros del metal. Camaradas. De jóvenes compartimos grandes proyectos, tan descabellados que, hoy que ya sumamos siglos de desengaños y excusas, podemos reír aliviados por no haber logrado ninguno de aquellos temerarios éxitos soñados. En cambio, seguimos siendo capaces de hacer juntos maravillosas inutilidades que nos mantienen muy unidos en la distancia, hombro con hombre, como malabares a cuatro manos con bolas de billar mientras compartimos el humo de un cigarrillo. No hay felicidad más simple que la simple camaradería ni mejor equilibrio que un abrazo a tiempo cuando todo está perdido. Si tuviera que saltar al vacío -una vez más a estas alturas- volvería a confiar en ellos como portor. Sin red.

Como un grito circense de camaradería, 'Lurrak' es una manifestación poética de lo imposible que es posible hacer cuando cuentas con el apoyo y la confianza de los tuyos; esos compañeros que parece que están solo a lo suyo hasta que los necesitas y te tienden la mano. Desprende energía como los altos hornos a pleno rendimiento, pero por los resquicios de su maquinaria destila una melancolía que humaniza la deshumanizada atmósfera de la tiranía productiva que nos esclaviza y nos hace egoístas.

El espectáculo, ejemplo de apoyo público a la creatividad y la cultura, es una cooperativa de disciplinas escénicas que no solo persigue entretener, sino también contar una historia compartida de la tierra y de su gente. Una historia de lucha obrera por dignificar el trabajo que también debería aplicarse hoy, y no solo al teatro. Circo e industria, cigarras y hormigas, aceros y música, historia y tradición, humor y reivindicación proletaria, poesía y gimnasia. Hay al principio una pretendida confusión fabril hasta ir reparando más detenidamente en los detalles: la fuerza de Ortzi Acosta (aéreos con soga y equilibrio en paralelas), Jade Morin, el dúo acrobático Nuria Puig y Marc Muñoz y la comicidad del clown Gaizka Chamizo. Y, siempre de fondo, los multiinstrumentistas Josu Aurrekoetxea (alboka, ukelele, armónica, gaita y flauta) e Iñaki Etxarri (trikitixa) y, marcando el pulso de esta Euskal Herria circense, la txalaparta y la percusión de Anai Gambra y Mikel Hernández, tañendo impresionantes malabares sonoros. A cuatro manos. Como los amigos de siempre. Qué grande es el circo, compañeros.

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