MUERDE LA BALA

ANTON MERIKAETXEBARRIA

Un impávido asesino a sueldo y un semiduro guardaespaldas, interpretados por Samuel L. Jackson y Ryan Reynolds, son los experimentados protagonistas de esta rutinaria película de acción, en la que también intervienen un tremebundo genocida bielorruso, así como una atractiva chamaca de origen mexicano, encarnada con su habitual desparpajo por Salma Hayek. Estos son los mimbres interpretativos de que se vale el destajista director Patrick Hughes para narrar en 'El otro guardaespaldas' una intriga inverosímil, aliñada con algún sentido del humor.

Cuentan que en el Museo de Arte Contemporáneo de Bolzano, la señora de la limpieza se encontró en una sala repleta de restos -botellas vacías, confetis, colillas y un montón de desperdicios-, de manera que empezó a limpiar el lugar. Hasta aquí, nada fuera de lo normal, si no fuese por un pequeño detalle: aquel desorden era, en realidad, una instalación de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari. El disgusto llegó al día siguiente, ya que para sus autoras, la obra era una metáfora de nuestra época. Sin embargo, existía ahora la intervención de la señora de la limpieza, para quien aquello no era más que una montaña de porquería.

Algo parecido ocurre con el arte contemporáneo en general y con el cine de acción en particular, plagado de conceptos que exaltan el consumismo y los caprichos de la moda. Por lo que respecta a 'El otro guardaespaldas', el tinglado aparece agitado en el túrmix de tiroteos, explosiones, la tira de efectos especiales y homenajes a los años 80, que incluye la canción de Lionel Richie 'Hello'. Al final, la moraleja de la cinta, que para más 'inri' parece que está basada en hechos reales, se acerca más a una comercialoide cinta de los hermanos Zucker, que a la estimable 'Dos buenos tipos', que en 2016 interpretaron Russell Crowe y Ryan Gosling a las órdenes de Shane Black.

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