UNA CHAVALITA DE VIANA

ALBERTO PIZARRO - CRÍTICA DE ARTE

H ace unos años, Serrat preguntó, en uno de esos sustanciosos monólogos que intercala entre canciones, si los de Logroño seguían picados con los de Viana. Sabía de lo que hablaba, pues había pasado algunas temporadas y conservaba amigos en la vecina población navarra.

La «chavalita de Viana» a que me refiero -que así es como la llamaba Paco Hidalgo, su maestro desde los 12 a los 17 años- es hoy una pintora casi cuajada. De espíritu libre e inquieto, la permanencia en escuelas y la excesiva fijación a las normas impuestas no casaban con su carácter. Pese a ello, hizo el Bachillerato en la Escuela de Artes y estudió Moda- Estilismo en la Esdir, recibió enseñanzas de J.A. Aguado, y sospecho que, a salto de mata, de Amelivia, por su pertenencia a Paisajistas de La Rioja, grupo adicto a los concursos de pintura rápida, en los que ella ha cosechado numerosos premios en distintas poblaciones del norte de España. Aun así, se considera autodidacta.

Impactada en sus inicios por el paisajismo de Blanco Lac, entre sus recovecos del gusto y temperamento chisporroteó el expresionismo hasta deslumbrarla. Y en él se ha quedado, evolucionando con atrevida solvencia. Jugando con la realidad, valiéndose de la materia y el color, sus cuadros están hechos de amorosos y ponderados latigazos (pinceladas gruesas, empastadas, seguras; de resolutivos y calculados trazos de espátula), con una luz que se queda en primera fila de la memoria. Paisajes con algo de caprichos mentales, de belleza pasmosa y vivísima; en un intento de descodificar la realidad, de captar la atmósfera, de que en nada se asemejen a lo fotográfico. Y, en efecto, reclaman de inmediato nuestra atención por su atrevido, exuberante y entonado colorido, permitiéndonos participar en su acabado, fruto de ese afán de hurtarlos pinceladas, precisamente para que mentalmente se las demos nosotros y así hacernos 'coautores' de ellos.

Ramachandran y Hirstein, expertos en neuroestética, aseguran que el arte selecciona y exagera los rasgos, que un boceto es más eficaz como arte que una fotografía en color. Teoría que Dª. Johana aplica de manera palmaria. Es más, salvando las distancias, está haciendo con el paisaje algo parecido a lo que hizo con la figura Francis Bacon. Si éste quiso tornar borrosas las fronteras entre representación y abstracción en la figura, ella lo está intentando con el paisaje.

La tecla con la que no logro dar es si los perfectos inacabados de sus cuadros obedecen a su visceral expresionismo, a la pretensión de que el espectador participe mentalmente en su terminación -ya está apuntado- o son secuela de la premura que imponen los concursos de pintura rápida. No creo sentar plaza de insensato si digo que para Dª. Johana cerebro-mano-pincel-tela forman una plataforma orgásmica, con espasmos de distinta voluptuosidad a la que hace que la especie se siga perpetuando. Oficio, gusto, juventud, vocación, amor propio y extraordinario potencial artístico, van a hacerla figurar entre los que galleen por pagos navarros y riojanos, y quizá más lejanos. La seguridad adquirida la está orientando hacía el muralismo y el collage; a alternar óleo, acrílico, spray y resina. Todo en aras de que el descaro y el extraordinario desparpajo cromático -tan agradables como sorprendentes- se sigan liando admirablemente en una mezcla de realidad y fantasía, de intuición y arrebato.

La «chavalita de Viana» hoy tiene 35años, es madre de dos hijos y vive en Logroño. Con la exposición en la Sala de Cultura del Ayuntamiento de su pueblo ha puesto de manifiesto que de los antiguos piques entre navarros y riojanos queda casi nada: tal ha sido la concurrencia de gente de Logroño. Es de suponer que la más libertaria discípula de Hidalgo se haya quedado con la copla de los 'macarras de la moral', que canta Serrat, al haber sentido su zarpazo, de tan presentes como están en la vida y en el arte.

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