El cerebro y las emociones

El cerebro y las emociones

Una persona positiva con capacidad de gestión emocional tendrá más éxito y menos nivel de ansiedad, estrés o frustración Cada uno tiene una predisposición biológica a la acción, pero las experiencias pueden moldear las respuestas

NATALIA MARTÍN DE LA HUERGA

logroño. Las emociones son impulsos que nos mueven para poder actuar. La raíz etimológica de emoción proviene del latín, de la palabra: «e-movere», es decir, «ir hasta» o en otras palabras: atacar, luchar, correr o escapar.

Cada uno de nosotros tenemos un programa de reacción automático, es decir, unas predisposiciones biológicas a la acción, pero nuestro día a día y las experiencias pueden moldear esas respuestas automáticas.

Para poder entender el funcionamiento de las emociones, primeramente hablaremos del cerebro. El cerebro es donde se almacenan, gestionan y modifican las emociones.

El cerebro lee las señales del cuerpo y nosotros somos los responsables de canalizar la información y gestionarla

El sistema límbico es una de las estructuras más primitivas y antiguas del cerebro, se encarga de regular las emociones, de aprender y memorizar y gracias a él nos hemos podido adaptar al entorno a través del tiempo de la evolución humana.

Dentro de este sistema, la amígdala es una de las estructuras protagonista, es la encargada de los recuerdos emocionales.

Por encima del sistema límbico nos encontramos con el neocortex, sistema responsable de que tengamos lenguaje, memoria, funciones ejecutivas y sentimientos, entre otros. Para resumir, el sistema límbico regula la emoción y el neocortex da sentido.

Cuando aprendemos a gestionar nuestras emociones estamos trabajando con nuestro neocortex.

Uno de los autores más importantes en el estudio del cerebro y las emociones es el neurocientífico Antonio Damasio. Su teoría se basa en que las emociones están relacionadas con el cuerpo, en especial, las vísceras; en cambio, los sentimientos, con la mente. Por ejemplo, si tengo que hablar en público realizando una presentación de un proyecto y no quiero ir por mi estado de ansiedad y nervios, subirá mi cortisol y presión arterial, y el cerebro interpretará esos síntomas abdominales de dolor y malestar, mientras a nivel mental me siento estresado y angustiado.

¿Por qué en ocasiones no somos capaces de gestionar las emociones? Puede ser porque no hemos aprendido, no nos han enseñado a gestionarlas desde pequeños. O puede que esa situación sea tan fuerte para nuestro cerebro que actúa directamente el sistema límbico como respuesta.

La gestión emocional es una de las principales preguntas en consulta. Para poder llegar a ese punto es primordial identificar las emociones de uno mismo y presentar una buena autoestima.

Diversos estudios sobre este ámbito afirman la importancia del tipo de emociones y su relación con la conducta. Por ejemplo, una persona positiva con capacidad de gestión emocional será una persona con mayor éxito, menor nivel de ansiedad, estrés o frustración.

El estudio de Mischel

Este punto se analizó claramente en 1960, cuando Walter Mischel realizó un estudio brillante donde puso a un grupo de niños de cinco años de edad alrededor de una mesa y frente a cada uno de ellos había en un platito un delicioso caramelo. Walter les dijo que podían comérselo, pero que si no lo hacían durante los cinco minutos que él estaría fuera de la habitación, al volver les daría un premio: ¡otra golosina de más! Walter observó el comportamiento de los niños a través de un espejo unidireccional, que le permitía ver sin ser visto por los niños.

Lo más interesante fue observar lo que los niños hacían. Unos se comían el caramelo inmediatamente, mientras que otros ponían en marcha curiosas estratagemas para controlar su irresistible impulso de zamparse la golosina: distraerse manipulando y oliendo el caramelo, taparse los ojos para no verlo, darse la vuelta ignorando el caramelo tentador, correr alrededor de la habitación, etc.

Mischel y su equipo siguieron durante 14 años la evolución de estos niños del «test del caramelo» y en general, aquellos niños que habían logrado contener sus impulsos de comerse la golosina durante su vida habían sido más capaces de perseverar en conseguir sus objetivos profesionales, eran menos proclives a caer en la depresión, tenían vidas más estables y disfrutaban de relaciones más duraderas.

Como conclusión, las emociones son unas alerta para mantener la homeostasis de nuestro cuerpo, nuestro cerebro lee las señales del cuerpo, y nosotros somos los responsables de canalizar la información y gestionarla.

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