Un centauro singular

Ángel Peralta, durante la Feria
de San Isidro de 1975. :: efe/
Ángel Peralta, durante la Feria de San Isidro de 1975. :: efe

Renovador de la técnica del toreo a caballo, Ángel Peralta fue en vida un personaje con aura de leyenda

BARQUERITO MADRID.

El don de respeto que precede al nombre de pila se lo reservó el mundo del toro a solo dos personas: Álvaro Domecq (1917-2005) y Ángel Peralta, fallecido ayer a los 93 años. Los dos, jinetes y figuras incontestables de la doma y del toreo a caballo. Don Álvaro -el Caballero- fue una suerte de aristócrata de cuna, de poliédricas dimensiones, la política, entre ellas, y un ganadero excepcional tenido por mago de la alquimia de la bravura. Don Ángel -el Centauro de la Puebla- encarnó como nadie el alma y la raíz del torero ecuestre y le puso sello propio. Fue él y solo él quien creó una escuela española del arte del rejoneo. Escuela de estirpe andaluza por su escaparate o sus formas -la vestimenta, el ornato de los caballos, los aires camperos- y por su su esencia, que implicaba compartir protagonismo de muy visible manera con los caballos toreros de la cuadra.

A partir de 1955 Peralta renovó radicalmente el concepto y el espectáculo del toreo a caballo. Lo sacó de la obediencia al canon imperante del toreo portugués de alta escuela. Lo rescató del ritual campero primitivo basado en el acoso y derribo de los garrochistas. Introdujo en el repertorio suertes de creación propia: las banderillas a dos manos y las cortas, las clavadas por la mano izquierda de la montura como si fuera toreo a contrapié y las bautizadas por él mismo como las rosas, cuatro pétalos con garfio, tres o cuatro, que se iban prendiendo en el morrillo de los toros en un carrusel sin pausas. Y el toreo por collera, fórmula heterodoxa del gusto de la inmensa mayoría. Cambió las dimensiones de bocados, espuelas y estribo. Impuso un sentido nuevo de los terrenos de torear.

Lo que hizo Peralta, por tanto, fue acercar el toreo a caballo al toreo de a pie y de paso liberarlo de su etiqueta supuestamente señorial. Y hacerlo tan deliberadamente que la presencia de los rejoneadores en las ferias taurinas se hizo imprescindible. Los festejos de cuatro rejoneadores, idea creada por él -los Cuatro Jinetes del Apoteosis (don Ángel, su hermano Rafael, Alvarito Domecq y Samuel Lupi)-, gozaron de rabiosa popularidad durante casi veinte años y fueron, además, la siembra indiscutible de un fenómeno distintivo del toreo del último cuarto de siglo: el protagonismo del toreo a caballo, que en España cobró otro vuelo a partir de la llegada de Manuel Vidrié en los años 70 y, desde luego, de la irrupción y consagración de Pablo Hermoso de Mendoza.

Durante sus 55 años de profesional en activo, Peralta toreó y dio muerte a unos 6.000 toros. La cifra es astronómica. Y, sin embargo, no solo fueron los números los que hicieron de Ángel Peralta un personaje con aura de leyenda. Tanto como su figura taurina lo fueron su personalidad exquisita, su sensibilidad literaria de poeta de sincero y sencillo lirismo, o su prosa de excelente oído, el generoso ejercicio de pedagogía como maestro -Diego Ventura, su más privilegiado discípulo, y la francesa Lea Vicens, la última de todos ellos-. Fue, además, un notable ganadero de dos hierros de encastes distintos: uno de sangre Urquijo-Murube, que él puso de moda hace 40 años tras cortar un rabo en Sevilla, y otro de estirpe Contreras víctima de problemas sanitarios del Guadalquivir. Una grave lesión sufrida en 1990 en La Zubia (Granada) precipitó su retirada y dejó secuelas, pero don Ángel vivió la vida intensamente hasta el último momento.

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