CARTA DEL OBISPO

«El amor y la gracia recibidos no son para quedárnoslos: desaparecerían. Y nosotros con ellos. Son para regalarlos, esparcirlos por todos los espacios y culturas, en todos los instantes y personas que quieran recibirlos»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Hemos tenido carta. Los cristianos de La Rioja hemos tenido carta, carta de nuestro obispo. No se trata de una carta escrita desde lejos, sino desde el corazón cercano del pastor, del padre preocupado por la salud y el buen estado de sus hijos, de todos sus hijos.

Le preocupa a D. Carlos y le apasiona el tiempo actual. Que es el nuestro, el que nos toca recorrer y amar, el que hemos de vivir en comunión con todos. Y le preocupa nuestro estado de alma, de identidad cristiana. Y le preocupa y apasiona la misión: ofrecer la Buena Nueva de Jesucristo a todos. Que la misión, que nace del bautismo, es la forja y el temple del cristiano.

El cambio de época, es verdad, nos desconcierta; el ritmo vertiginoso de los cambios nos aturde; la exigencia de renovación constante apenas si nos deja espacios de respiro. La movilidad global, las nuevas formas de relación, de trabajo, de convivencia, de cultura, nos sobrepasan. Y leer el presente, discernir con lucidez sus signos, dialogar con respeto desde la Buena Nueva de Jesús nos exige un esfuerzo no pequeño.

El obispo nos pide conversión: es lo primero. Conversión personal y pastoral. Que nace del encuentro entrañable, profundo, constante, alegre con Jesús resucitado. Él está con nosotros y no inactivo. Que abre nuestros oídos, nos pone sus palabras en la boca, nos recrea y alienta en todo instante al calor de su Espíritu. La conversión nos sitúa en estado de misión permanente: ser es ser enviado.

Le preocupa al obispo que haya tanto sediento en nuestra tierra sin descubrir aún el manantial de amor de nuestro Padre; tanto hambriento que no ha gustado aún el Pan de Vida, tanto dolor profundo que no atisba el cálido consuelo del Espíritu. Por eso nos exhorta, haciendo suyo el «id» de Jesús mismo, a predicar a un Dios todo ternura, que quiere hacer del mundo una familia, un solo corazón del universo.

¿Quién podría negarse? ¿Quién que recibe un don no lo disfruta con aquellos que ama? ¿Acaso el que se encuentra con Dios dentro no corre a compartirlo? ¿No lleva tal encuentro el compromiso gozoso de anunciarlo, compartirlo con todos, para que no se sienta nadie abandonado, sin amor en el mundo?

El amor y la gracia recibidos no son para quedárnoslos: desaparecerían. Y nosotros con ellos. Son para regalarlos, esparcirlos por todos los espacios y culturas, en todos los instantes y personas que quieran recibirlos.

Si hay un destinatario predilecto, ese es el afligido, el marginado. Jesús, hoy como entonces, se vuelca con el pobre y el enfermo, rastrea al alejado. Si hay una norma clara, es el abrazo.

Ser iglesia en salida, en comunión estrecha es tarea de todo bautizado. Para que la Palabra de Jesús llegue a todos. Y su amor vaya abriéndose camino y extendiendo su Reino.

El ser humano actual sigue buscando razón de ser, destino, respuesta a sus preguntas esenciales, comunes, cotidianas. Su clara inteligencia, su férrea voluntad no tienen límites, ni su pasión por alcanzar cotas más altas.

D. Carlos nos anima a responder con el amor de Dios a tantas ansias; a hacer caminos nuevos desde Jesús, camino; a abrir verdades nuevas desde Jesús, verdad; a mejorar la vida, sobre todo la de los más heridos, desde Jesús, la vida.

Es el mejor servicio de la Iglesia. No ofrecerlo sería traicionarla y traicionar al ser humano que necesita oír la voz de Cristo para elegir más plena y libremente.

Hemos tenido carta del obispo. Ahora toca leerla, agradecerla y sembrarla con gozo.

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