QUÉ BUENO QUE VOLVIERON

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

A la muerte de Luppi, escribí un mensajito triste a Susana Hornos, para enviarle hasta Buenos Aires pésames, recuerdos y gratitudes por aquel hombre que a mí me ayudó a cargar el peso de la derrota: la frustración de haber dejado escapar el horizonte por quedar agarrado a una frontera. «Cuando uno encuentra su lugar ya no puede irse», me había confesado un día en el desierto. Y yo aún no sé si aquello me consoló o terminó de confirmar que todo está siempre perdido.

La semana pasada, como si supieran de ese lugar en el mundo, como si salieran de todos los lugares comunes de los que me habló Luppi, volvieron los Coleman. Ya habían estado una primera vez hace ocho años y nos dejaron a sus pies. Vinieron de allá, de Buenos Aires, sí, de Boedo 640. Y ahora volvían como a despedirse; como si ya se fueran de veras. La gente del Timbre 4: la abuela, Memé y los chicos. Vinieron todos; hasta Marito vino. Qué actorazos los de Claudio Tolcachir. Qué naturalidad. Qué personas casi sin serlo del todo.

Por esto, por lo de ser personas, es que ando a vueltas con Luppi. No sé qué diría de ellos el maestro; que son locos tal vez, que son unos boludos, eso seguro. Pero yo recordé dos cosas que me dijo la última vez que lo vi, interpretando a aquel milico que pegó fuego al Picadero en el 81, un local porteño donde un grupo de autores, actores y técnicos había puesto en marcha aquel Teatro Abierto que se convirtió en icono de la resistencia cultural contra la dictadura. La primera fue que «la cultura es un arma más necesaria que cualquier ejército». Y lo decía así, metido en aquel uniforme de general que acojanaba como si fuera a arrojarte desde un avión.

Solo dos décadas más tarde, la gente de teatro tuvo que volver a refugiarse, «cuando los sinvergüenzas de siempre arruinaron el país del tango y lo convirtieron en un corralito», como escribió aquí antes que yo Ricardo Romanos. Enloquecen por el fútbol, pero Argentina tampoco puede vivir sin teatro. Así que gente como Tolcachir y sus actores se metieron en el bajo de Boedo 640, Timbre 4, agarraron su talento y sus ilusiones y, en lugar de enterrarlos en un armario, los desparramaron por el piso como si fueran ropa vieja, electrodomésticos estropeados, desperdicios de la casa, billetes que no sirven, personas sin serlo de veras...

«Tu país se murió, se acabó, no existe más. Así que dejáte de joder con la nostalgia y tratá de ver las cosas como son», les habría abroncado entonces Federico. Y quizás fue algo parecido lo que les dijo Claudio. Y quizás así, de a poco, mirándose unos a otros, platicando primero tímidamente y después discutiendo por los codos, empezaron a aparecerse, como fantasmas que nunca hubieran dejado de estar ahí, Memé, la abuela, los chicos... Allí estaban los Coleman: la madre infantilizada, los hijos de distintos padres, las ausencias de ellos, la abuela a punto de morir... la familia disfuncional al completo «intentando sobrevivir a la debacle, sus esquizofrenias, miedos, neurosis, pequeñas alegrías y neurastenias de cada día que pasa sin un duro, sin un peso, sin un euro».

«Eso son los Coleman -escribió Ricardo-: un espejo descompuesto donde nos retratamos todos». Y no han cambiado en este tiempo; acaso sean aún más Coleman si cabe. Me pareció que hablan menos y se dicen más cosas con la mirada. Pero ahí siguen, como cuando uno encuentra su lugar y ya no puede irse a ningún otro. Vinieron a despedirse, pero ahí se quedaron, cometiendo siempre la misma omisión en su intento inútil por ser humanos.

Y no me olvido, Marito, la segunda cosa que me dijo Luppi aquel día: también yo «espero que esta obra nos permita seguir soñando con el hecho cierto de que tal vez algún día seremos personas».

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