AUTOBIOGRAFÍA DE UN BRUJO

JONÁS SAINZ CRÍTICA DE TEATRO

Una vez tuve un viaje astral y no fue con la Renfe. Sí, ya sé: quién no ha vivido experiencias extracorpóreas en sus buenos tiempos lisérgicos. No es para andar presumiendo, pero, mi verdad te digo, como dicen en mi pueblo, fue literalmente flipante. Una cosa breve, como un trance sideral de ida y vuelta. Un fogonazo de perfección, sintonía cósmica y todas esas ensoñaciones que se estilaban en tiempos de Jiménez del Oso. Yo vi la luz blanquísima del universo donde seguramente solo había turbia química de barrio. Vaya, que no estuvo tan mal por un talego. Pero, hoy que ya vuelo poco o nada, muy a gusto cambio aquellas escapadas furtivas por una buena velada con el Brujo al amor de la lumbre del teatro. Aunque su 'Autobiografía de un yogui' sea una sobredosis larga y algo fatigante, él siempre ilumina. A mí el maestro Rafael Álvarez, más que levitar, hace que me tire por los suelos. Y no solo de la risa.

Lo suyo es poesía puesta en pie, aunque a veces se le vaya un poco la cabeza y necesite el yoga para recuperar el equilibrio. Lo suyo es una balanza única: siempre entre pícaros y místicos, entre san Juan de la Cruz y el Bule, aquel gitano de su pueblo cordobés del que aprendió el don de la ebriedad en 'La taberna fantástica' del camarada Sastre. Así, siempre en ese filo mágico del que ha hecho estilo propio y su propio género brujeril, esta vez le ha dado -y le ha dado fuerte- por mezclar el raja-yoga y sus cuentos de toda la vida, la espiritualidad hindú y el humor brujo... En fin, la historia de Paramahansa Yogananda, apóstol del yoga en Occidente, y toda su estirpe de maestros gurús, Mahavatar Babají y su discípulo Shyamacharan Lahiri Mahasaya, con las andanzas más mundanas de Amperio, el proyectista borrachín del cine de su pueblo, y las del cura gangoso con Conchita Montes. Incluso Shakespeare y Einstein se pasan por ahí a saludar... O sea que, de los Himalayas y el Ganges sagrado hasta el infinito y aún más allá, el Brujo se va, como siempre, por los cerros de Úbeda, o de su Lucena natal; que a la cabra le tira el monte y a cada cual su propio karma.

El mío debe de ser un karma muy chungo. Confieso que no trago los libros de autoayuda ni las frases pomposas a las que no encuentro más sustancia que al mero sentido común. Ni siquiera me interesa demasiado la vida del tal Yogananda, al que imagino, melena al viento, enseñando meditación en Los Ángeles, Californication, a una corte de descerebrados fanáticos y neomísticos en orgías de sexo, droga y kriya-yoga. La iglesia tántrica de la Self-Realization Fellowship sabrá disculpar mi ignorancia prejuiciosa. El éxito de su libro, la biblia de la meditación trascendental occidental, sinceramente, me la trae al pairo y su mirada dulce de paz infinita me empalaga.

Pero el buen Brujo se sirve de todo ello para hacer su magia. Y, desde luego, su luz es real. Yoga, lo que se dice yoga, no es, pero va camino de la luz. Aunque no tan rápido, claro está; o sea que hay que echarle un buen rato. También el reloj se le va la mano. Vale que el tiempo sea relativo, pero es que cuando llevamos dos horas de función, el joven Mukunda, o sea Yogananda, el de la autobiografía, todavía tiene diecisiete años y algunos espectadores empiezan a lamentar no haberse cortado las venas cuando todavía tenía seis. Sin más dirección que la propia discrecionalidad del actor y su inspiración, el espectáculo dura más de lo que pueden soportar algunas vejigas y termina uno de tanto yogui hasta más arriba del Brahmaputra.

Pero al Brujo eso le da igual; con un sitar y unos oropeles, él lo mezcla todo en su marmita de druida, como hacía el tal Amperio con las películas cuando iba iluminado y terminaba proyectando la mitad de 'Romeo y Julieta' con 'King Kong'. Y a mí me pasa como a sus paisanos, que creían que la mejor de Shakespeare era la del mono: lo mejor de este yoga es que te caes de la silla. Y de los viajes astrales, volver a tiempo para el desayuno.

Dúrenos mucho maestro, que aún estamos en las papillas del humor trascendental. No hay más té.

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