UN ARTISTA QUE HUELE A CAFÉ

ALBERTO PIZARRO - CRÍTICA DE ARTE

En cualquier época del año, Ezcaray tiene suficientes atractivos ser visitado. Uno de ellos es el Café Central, que lleva un siglo cumpliendo la función consuetudinaria que su nombre indica, y sirviendo, acomodado al transcurrir del tiempo, nuevas especialidades. No es un café más. En Navidad instala un belén artesanal, ambientado en la zona del valle del Oja a principios del siglo XX: un pueblecito (fuentes, río con agua, hoguera que humea, tendido eléctrico, farolas, etc.) con 'vecinos' de pasta de barro en movimiento (el matancero, el herrero, el molinero, el carpintero, el frutero, etc.). Asimismo, el Café distribuye unos calendarios que reproducen acuarelas de entrañables paisajes, cuyo beneficio pecuniario va a una cofradía local. Todo obra de Juan Luis Pérez Marín, artista que trabaja a diario en el establecimiento.

La otra peculiaridad del Café Central es la exposición permanente de acuarelas, que cambia según las estaciones de año, salidas del pincel del precitado artista, un ezcarayense, nacido en 1964, que se aficionó a las artes plásticas muy joven. En 1987 se inició en esa modalidad pictórica, encontrando en ella, de forma autodidacta, su principal modo de expresión; aunque algún 'biberón' teórico recibió de Navaridas. Hoy se sabe al dedillo lo de ir superponiendo capas semitransparentes, lo de pintar de claro a oscuro y que el papel es el que da los blancos. Y eso se refleja en unos motivos elegidos con gusto, contrastados, limpios, brillantes, vibrantes, recreando los caprichos de color que impone el astro a calles y campos, cambios que a veces tanto influyen en nuestro estado de ánimo.

En esta exposición de verano ha colgado obras en que figuran paisajes de Ezcaray y alrededores, en las que ha tratado de plasmar «la esencia del paisaje, sus luces, sus contrastes, las atmósferas, etc., con un mínimo de trazos». Y lo ha conseguido. No es extraño, pues, que tras un cuarto de siglo exponiendo, su obra se encuentre en colecciones de todo el país, y se haya visto reconocida con algunos premios. Obra que no es de mucho gasto y sí de mucho gusto.

Cierto es que no pintan oros en la plástica. La mayoría de los artistas ganan la parte principal de su sustento en otra actividad. La contribución de la venta de obra da para poco más que comprar material y seguir pintado con la esperanza de que cambien las tornas.

Considerando la calidad de la obra de Pérez Marín, a poco que se activase el mercado y él se desperezase, para exponer con mayor radio, podría dedicarse 'full time' a su pasión confesa: pintar el paisaje, los pueblos, las aldeas; y buscar rincones que, al acariciarle la sensibilidad, se viese impelido a plasmarlos sin demora ni impedimento. Y, por supuesto, a dejar de oler a café para hacerlo a los pigmentos con que plasma en papel la belleza de parajes que le tienen fascinado desde niño.

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