LOS QUE TIENEN ARTE

PABLO GARCÍA-MANCHA CRÍTICA DE FLAMENCO

Tiene Ezequiel Benítez algo de niño de revoltoso en su mirada cristalina. Lo tiene también cantando las bulerías del Chaqueta en su imponente versión de la inmortal María Dolores; y por alegrías gaditanas, tamizadas por el resol de las tardes jerezanas de esa tierra de nácar que le llaman albariza. Hay algo conmovedor en su cante y cuando le pidieron la siguiriya -yo no me atreví- se retó a sí mismo con el eco de su barrio de Santiago para dibujar un cante flamenquísimo, dotado de un nervio y un compás inimitable. Ezequiel Benítez, cantaor polisémico, abierto a cal y canto, abandonada toda impostura, conoce el flamenco al puro dedillo y destiló su garganta en uno de esos cantes cruciales con los que un artista es capaz de marcar su territorio. No por fandangos; no. Se asomó a la siguiriya sin anestesia, doliente, crujiente y dolida. Hubo caramelo en los tercios más profundos y escarcha de las nubes cuando se tiraba por todo lo alto mecido por el toque de Juan León, un jovencísimo guitarrista del Puerto de Santa María que afila los dedos para sonar muy puro y muy nuevo a la vez. Es lo que tiene los que tienen arte. Ezequiel con su voz melismática y un punto metafísica y Juan León, con varias falsetas de sutilísima belleza, desapegado por completo a cualquier barroquismo o de comprender el toque como un mero ejercicio de estilo o puro refinamiento. Juan sostuvo el cante de Ezequiel desde los tientos iniciales o una soleá algo más plana de lo que el resto del repertorio deparó. Pero las cumbres llegaron por la bulería deletreada que era una especie de laberinto silábico complejo como una ecuación de grado decimonono. Y explosionó el jerezano con ese compás que parece imposible por improbable, inalcanzable por perfecto y único como el oloroso o el palo cortado. Cante que sabía a vino de Ontañón y a su mítica colección de pinturas y esculturas de Miguel Ángel Sáinz, que asistieron con asombro al particular evento. Flamenco en las bodegas, los taninos como locos con el compás inmemorial de los que saben cantar y los grandes aficionados a escuchar las delicias que fueron deparando Ezequiel y su banda, como los fandangos del escopetón, tan revoltosos como de mente ligera. Hay cantaor en Ezequiel, con prestancia de Buda del flamenco, con su voz filamentosa y la barba rubia acariciando la cara como una ensoñación con el dios Baco detrás contemplando el asombro del cante bueno que es capaz de transportarnos en un segundo de la pena más honda a la alegría más irreverente del ancho mundo. Es lo que tiene el cante, que nunca sabe uno lo que el destino le va a deparar.

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