APOTEOSIS DE LO SENCILLO

ALBERTO PIZARRO

Cuando entramos en la Sala Ibercaja de la calle San Antón, donde dentro de la programación de Actual expone hasta el domingo su obra Begoña López Benito, se me vino a la memoria mi tío abuelo Benito, que fue contertulio de Unamuno, y algunos objetos de éste que, a buen recaudo, hay en casa (pajaritas, fotos y cartas). No podría ser de otra manera, titulándose la exposición 'Diálogos cocotológicos'. Y digo eso porque, como Begoña, mi tío abuelo era menudo, facundo, simpático y de una fragilidad fortísima. Contaba que el rector de Salamanca no dejaba hablar a nadie, y que cuando lo hacía era porque se entretenía en labores cocotológicas con alguna cuartilla o servilleta del café Novelty: ¡Pajaritas, ranas, encapuchados, aviones! Desiderata plástica de las manualidades de nuestra infancia. Engañosa sencillez tras una calculada geometría.

Begoña, que ha pasado muchos años de aprendizaje en la Escuela de Artes y Oficios de Logroño -de ahí que exponga dibujos, grabados, acuarelas e instalaciones- ha llenado la sala de pajaritas, hechas de las más diversas maneras y con distintos materiales. Desde nidos en lo alto y en el suelo, hasta obras en papel homenajeado a pintores archiconocidos, y también a riojanos fallecidos -talmente Vicente Gallego y Lucía Landaluce- que despiertan nuestros sentimientos más cordiales. Una calculada y placentera regresión a la infancia, desde una madurez fantasiosa e ilusionada. El pulular por pueblos y bosques, como dejan bien patentes su libro 'In situ. Acuarelas. Haikus' y algunas de las varias exposiciones que ha realizado, lo ha sustanciado en una ornitología sentimental y plástica. ¿Cabe mejor médium para convencernos de que dialogamos con los muertos que las familiares pajaritas, vehículos de tantos sueños en el antaño de cada uno? Sencillez y humildad en ese regocijante quehacer íntimo de la creación, que, según nos dice la autora, no se atenúa cuando se entrega a enseñar en el Hogar del Jubilado. Es por ello que salimos de la sala en alas de la emoción, llevados por esa pajarita del alma siempre presta a elevarnos a los ámbitos más cordiales.

A parecido punto de espontaneidad ha llegado Cecilio Barragán, si bien con un estilo muy distinto. Lo digo a juzgar por lo visto en Casa del Libro, donde presenta hasta el día 31, en parte de modo virtual, una heterogénea obra, apoyada en un catálogo en que vuela en alas del psicoanalista Lacan. Nos demuestra cómo se desnuda con muy pocos trazos a una mujer espléndida, y con qué poco pigmento puede mostrarse la grandiosidad de un teatro o unos paisajes tan entrañables como modestos. Dibujar bien es una manera de ver las cosas, de sentirlas, sin intentar presentar una realidad pura, objetiva; a lo cual se llega tras armarse de paciencia y constancia. Y eso es lo que hace admirablemente este profesor de la Esdir.

Decía Italo Calvino que la espontaneidad no es un punto de partida, sino de llegada. Siendo tan distintos estos dos artistas, tienen su confluencia en la espontaneidad y en el franciscanismo, que les lleva a pintar los pueblecitos más recoletos y apartados de La Rioja. Y en la geometría.

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