AÑOS 80

CARLOS SANTAMARÍA

Lo mejor de la segunda temporada de 'Stranger Things' es lo que ya habíamos visto en la primera: los años ochenta. El resto, el argumento, las intrigas, la nueva trama, son asuntos secundarios; lo importante es rendirle tributo a la nostalgia. Desde la banda sonora hasta la tipografía, la manera de rodar o los propios personajes, la serie entera es un elegante homenaje a una década distinta, a unos años tan cautivadores como difíciles de entender en toda su complejidad. Acercarse a los ochenta para intentar comprenderlos es como mirar borracho por un caleidoscopio: un desconcierto muy bonito.

Rilke decía que la verdadera patria del hombre es su infancia, por eso muchos de los que crecimos en esa década volvemos siempre a los ochenta, un territorio mítico del que nunca se regresa del todo. Los ochenta no terminan de acabarse porque eran el futuro. La vida podía ser un libro de 'Elige tu propia aventura', pero siempre habría un final feliz; aún pensábamos que todo iba a salir bien. En ese optimismo luminoso éramos iguales a los niños de 'Stranger Things', aunque no viviéramos en Indiana ni volviésemos del instituto en bicicleta para cenar una pizza en esas pulcras urbanizaciones de extrarradio. Nosotros veíamos 'Los Fraggle' y 'Barrio Sésamo', jugábamos a 'Mazinger Z' y nos creíamos que éramos los críos de 'E.T.' y de 'Los Goonies', por eso los llevamos dentro como a los de 'Stranger Things'.

Así que terminas el último capítulo, te levantas del sofá y aunque te frotas los ojos sigues con esos chavales de los ochenta en las retinas. Entonces apagas la tele y recuerdas que es 2017, que Michael Jackson y Prince están muertos y que 'Guns N' Roses' parecen su peor banda tributo. Ahí por fin entiendes qué es el monstruo evanescente que persigue a los chavales de 'Stranger Things'. No corráis chicos, no hay nada que hacer, la bestia es inexorable. Ese engendro de dedos fríos como neblina de invierno nos atrapó a nosotros hace demasiados años. Volveremos a los ochenta de cuando en cuando porque hay que cultivar las melancolías, pero será sólo de visita. El monstruo nos devoró hace tiempo y nos llevó al otro lado, ese en el que ya no hay sitio para monopatines ni colecciones de cromos.

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