ALEGRAOS

«Sonreír es un arte, es un arte de amor y, como tal, exige dedicación, paciencia. Martín Descalzo señalaba: 'La gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos, un orgulloso'»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Decía Martín Descalzo que si tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría que le concediera el supremo arte de la sonrisa.

No andaba errado. Que una sonrisa natural, espontánea es un don prodigioso, es un reflejo de la dicha interior y un obsequio impagable para el que la contempla. Ver sonreír es ver la luz del sol en una cara.

Sonreír es un arte, es un arte de amor y, como tal, exige dedicación, paciencia. Martín Descalzo señalaba: «La gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos, un orgulloso. Un arte que hay que practicar terca y constantemente. No haciendo muecas ante un espejo, porque el fruto de ese tipo de ensayos es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejando que la alegría interior vaya iluminando todo cuanto a diario nos ocurre e imponiendo a cada una de nuestras palabras la obligación de no llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la sonrisa...».

Sonreír no precisa que todo vaya bien, que dejen de existir los contratiempos y las dificultades. Pero sí que haya un fondo de aceptación serena, de generosidad para afrontar los hechos y ungirlos de esperanza. Un corazón humano tiene capacidad de mantenerse alegre en medio de las lágrimas.

José Hierro confesaba haber llegado a la alegría a través del dolor: «Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe. / Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía». Y, solidario siempre, anhelaba compartir su luz con todos: «Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve. /Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma, / yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese. / Criatura también de alegría quisiera que fueras, / criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte».

Y Neruda, que en un tiempo creyó que solo desde la solidaridad en el dolor podía ayudar al ser humano, luego, sin dejar de solidarizarse con el que sufre, pedía a la alegría que le acompañara para donarla a todos: «No fui justo... / y hoy te llamo, alegría. /Como la tierra /eres / necesaria. / Como el fuego/ sustentas/ los hogares. / Como el pan/ eres pura... / Hoy, alegría,.../ acompáñame: /contigo/ quiero ir de casa en casa, / quiero ir de pueblo en pueblo,... / ¡Contigo por el mundo! / Voy a cumplir con todos / porque debo/ a todos mi alegría..., / porque aprendí luchando/ que es mi deber terrestre/ propagar la alegría. / Y cumplo mi destino con mi canto».

«Alegraos y regocijaos». Así titula el Papa Francisco su última Exhortación Apostólica, en la que acentúa la relación indisoluble entre la alegría y el amor a Dios y al hermano: «Esa alegría que se vive en comunión, que se comparte y se reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros: «Alegraos con los que están alegres» (Rm 12,15). «Nos alegramos siendo débiles, con tal de que vosotros seáis fuertes» (2 Co 13, 9). En cambio, si «nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría [AL]».

Sonreír es amar. ¿No merece la pena ir esparciendo sonrisas por la tierra?

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