AGUA PASADA

CRÍTICA DE ARTE - ALBERTO PIZARRO

La plétora de acontecimientos en estos días (Carnaval, San Calentín -con c, no con v-, otras exposiciones, etc.) no ha posibilitado encajar en tiempo la crítica de la muestra que Dª Virginia Barco ha tenido colgada en la Sala Ibercaja de la calle San Antón. Es, pues, agua pasada. Aunque ya no pueda admirarse -o dicho a la manera refranesca, aunque no mueva molino-, estas palabras quieren servir para que cuando vuelva a exponer tenga el crédito artístico abierto y a la afición expectante.

Si lamento lo antedicho, me pesa aún más no haber tenido antes noticia de esta artista, para haber incluido un bosquejo biográfico y una ilustración de su obra en mi libro 'Entre el pincel y la espada. La plástica riojana a través de la fiesta', de próxima aparición. ¿Qué habría dicho de ella? Que alguna reproducción de sus cuadros podría haber sido incluida sin desdoro en los tochos de Taschen sobre arte del siglo XX. Y que, aunque las comparaciones son odiosas y las etiquetas raramente sientan bien, su obra tiene vitola informalista, si optamos por la terminología de nuestros vecinos del norte, o expresionista, si rendimos honores a los de la otra orilla del charco. Para quienes no conozcan su labor, decir que tiene evocaciones no imitativas de Pollock, Hofmann, Rauschenberg y De Kooning.

Radicada en Madrid durante más de treinta años, donde realizó el grueso de su obra, Dª. Virginia ha vuelto a sus orígenes. Nacida en Calahorra, en 1952, se ha avecindado en Logroño y labora en Entrena. Inquieta y apasionada, más que representar la realidad objetiva, plasma y expresa sentimientos y emociones, en una obra que ha sido mostrada en colectivas en Alemania, USA y España; en individuales en Houston y en varias capitales españolas; y próximamente lo será en Zurich.

Si bien algunas obras son expresionistas puras; otras parecen figuración arrepentida, calculado mixtifori; y esotras querenciosas de abstracción. Paisajes mentales, bellos jeroglíficos, historias concentradas. No faltan los calculados 'drippings', las delicadezas de la espátula, los potentes collages a modo de geología estructural de una pintura vital, impulsiva, que expresa dispares estados de ánimo. Una obra que es culto a la materia, al gesto, a la mancha, al pegado; y un bello muro de contención de los vaivenes de una psique cambiante. En suma, glorificaciones y arrepentimientos, con el eje referencial -ya apuntado por Fautrier- de que «no hay ninguna forma de crear arte que pueda representar sentimientos si no se incluye en ella un fragmento de realidad».

Insisto. La muestra clausurada es agua pasada que, contra refranescamente, sí ha de mover molino. Habrá que estar, pues, avizorantes cuando vuelva a exponer. Aunque, cuando lo haga, debería procurar que no sea de manera tan cualitativa y estilísticamente heterogénea; evitando que al lado de obras sobresalientes no cuelguen otras que desmerezcan. Mayormente porque tiene suficientes telas para lograrlo sin altibajos, brillantemente.

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