Adiós a la gran dama del cine europeo

Jeanne Moreau, en un decorado de 'Eva', de Joseph Losey. :: AFP
Jeanne Moreau, en un decorado de 'Eva', de Joseph Losey. :: AFP

Jeanne Moreau muere a los 89 años y deja 130 películas con los directores más grandes

BORJA CRESPO

Se ha ido a los 89 años uno de los rostros esenciales de la 'nouvelle vague', un movimiento vital en la historia del séptimo arte. Jeanne Moreau (París, 1928), icono del cine francés y europeo, fue encontrada ayer por la mañana sin vida en su domicilio parisino por la señora de la limpieza. Exprimió la vida al máximo. Deja un legado de más de 130 títulos, muchos inolvidables. Adiós a otra leyenda: el paso del tiempo es imparable y cada vez quedan menos referentes en activo.

Hija de un restaurador francés y de una bailarina inglesa, Moreau comenzó a estudiar magisterio, pero, pese a la oposición familiar, se decantó pronto por la interpretación. Fue admitida en la prestigiosa Comédie Française a los 19 años y su primer personaje destacado sobre las tablas le llegó en 1950 con 'Les caves du Vatican', donde encarnaba a una prostituta. Pronto se distanció de su padre, «un hombre criado por padres del siglo XIX» que llevaba mal la independencia de la mujer. Con su belleza fuera de lo común y su inconfundible voz grave, reinó en la pantalla en los años 50 y 60. Quizás por ello las nuevas generaciones no lloren su pérdida como símbolo del cine del siglo XX con la misma intensidad que los veteranos cinéfilos de pro, incapaces de olvidar su presencia en 'La novia vestía de negro' (1968) y '¡Viva María!' (1965).

Su nombre está escrito en letras de oro en la cinematografía mundial. La cinefilia no tiene edad, y la mujer que el mismísimo Orson Welles calificó de «la mejor actriz del mundo» figura entre las artistas mejor situadas en la memoria sentimental de toda alma apasionada por el celuloide. Fue la primera académica de Bellas Artes en la historia de Francia, lució en la portada de la revista 'Time' en 1965 -algo inusual hasta entonces para una intérprete gala- y en 1994 el MOMA de Nueva York le dedicó una retrospectiva, lo que apuntala la idea de que estamos ante un mito fulgurante.

LAS FRASES Françoise Nyssen Ministra francesa de Cultura «Ella se ha ido, pero su voz, su genialidad y su visión del mundo prevalecerán» Jean-Claude Juncker Presidente de la Comisión Europea «Su trabajo ha reflejado siempre los valores de nuestra Unión, como el amor a la libertad»

Le otorgaron el León de Oro de Venecia a toda su carrera en 1992, ganó el Oscar de honor en 1998 y el Premio Cinematográfico Europeo del Festival de Berlín en 1997, año en el que también recibió el Premio Donostia. Habitual en Cannes -Palma de Oro en 2003-, fue musa de cineastas de peso como François Truffaut y Luis Buñuel, para quien estuvo maravillosa en 'Diario de una camarera' (1964).

Moreau fue una profesional excepcional y una mujer inmortal, de personalidad contundente, que se movía en ambientes de altura en el terreno de la cultura, cultivando sugestivas amistades, entre ellas, la de Jean Cocteau, con el que colaboró sobre las tablas en 'La máquina infernal', el novelista Henry Miller y las escritoras Anaïs Nin y Marguerite Duras, a quien encarnó en 2001 en 'Cet amour-là', además de protagonizar varias obras basadas en sus novelas.

Rostro abanderado de los años 60, intérprete hipnótica y fascinante, Moreau no sació sus inquietudes colocándose únicamente frente a las cámaras. En los escenarios defendió clásicos del teatro como 'La gata sobre el tejado de zinc caliente' y 'La noche de la iguana', de Tennessee Williams. También grabó con encanto temas musicales que se popularizaron en su momento, prestando su voz a canciones como 'Le tourbillon de la vie', 'Oú-vas tu Mathilde' y 'J'ai la memoire qui flanche'. Llegó a cantar junto a Frank Sinatra en 1984, dirigió filmes como 'Lumière' (1976) y 'La adolescente' (1979), y óperas como 'Attila', de Verdi.

Durante 65 años de agitada experiencia profesional colaboró con directores como Michelangelo Antonioni ('La noche'), Jacques Demy ('La bahía de los ángeles'), Roger Vadim ('Las relaciones peligrosas'), Elia Kazan ('El último magnate'), Peter Brook ('Moderato cantabile'), Wim Wenders ('Hasta el fin del mundo') y el propio Welles ('El proceso' y 'Campanadas a medianoche'). «Rodar es entrar en su universo. Es la mejor forma de poder encarnar sus fantasmas y, gracias a ellos, tengo una familia increíble de mujeres que están dentro de mí y me acompañan», decía de sus directores. 'Jules y Jim' (1962), incontestable obra magna de Truffaut, catapultó su talento, aunque ya figuraban antes en su currículo títulos de recibo como 'Ascensor para el cadalso' (1957) y 'Los amantes' (1958), ambos pergeñados por Louise Malle, con quien se la relacionó sentimentalmente. «Me atribuyeron muchas aventuras amorosas con directores, pero no fueron tantas», confesaba.

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