Actos de venganza poética

Ramón Irigoyen, ayer en la Casa de los Periodistas. :: Sonia tercero/
Ramón Irigoyen, ayer en la Casa de los Periodistas. :: Sonia tercero

«Con mi poesía yo quería vengarme de una España machacada y torturada», confiesa el autor navarro, profesor hasta el 86 del antiguo Colegio Universitario de Logroño Ramón Irigoyen pasó con sátira y gloria por las XX Jornadas de Poesía

J. SAINZ LOGROÑO.

'Un poema si no es una pedrada/ -y en la sien-/ es un fiambre de palabras muertas/ si no es una pedrada que partiendo/ de una honda certera/ se incrusta en una sien/ y ya hay un muerto.' Encabezado con un verso lapidario de Eliot (Every poem an epitaph), este poema, 'Arte poética', constituye toda una declaración de intenciones de Ramón Irigoyen. «Con la poesía -confesaba ayer en Logroño después de muchos años de ausencia- yo quería vengarme de mi pasado. Yo había nacido en un país machacado por la guerra y torturado por la dictadura. España era un gigantesco psiquiátrico y yo escribía poemas en acto de venganza». Pedrada en prosa, pero igual de certera.

El escritor navarro de cuna (Pamplona, 1942) y residente en Madrid desde hace décadas, nació a la poesía en la capital de La Rioja siendo profesor del antiguo Colegio Universitario de Logroño, aquel magreado 'CULO', como le llamaban sus alumnos y, contra lo acostumbrado, admiradores. Llegó aquí en el 73, con poco más de treinta años, para impartir Latín y Griego y, aunque se cuenta que daba aprobados generales, casi nadie quería perderse aquellas clases en las que invocaba a los clásicos y se cagaba en lo más barrido.

'Cielos e inviernos' (1979), su primer poemario, fue -como lo explica Raúl Eguizábal- «un jarro de agua fría en la tibieza veneciana de la época». Con el siguiente, 'Los abanicos del Caudillo' (1982), la polémica y los elogios ya se hicieron uña y carne: «Sus versos -escribió Manuel Vicent- son brutales, bellos y escandalosos».

Una consecuencia provinciana de aquello fue que los nombres de Logroño y La Rioja, unos cientos de años después de Gonzalo de Berceo, volvían a compartir frases con la palabra 'poesía'. Un activo núcleo de jóvenes poetas fraguado en la ciudad por aquel entonces tuvo siempre como referente a Irigoyen. Y ayer las Jornadas de Poesía en Español lo recuperaron -no por primera vez- del destierro autoimpuesto en el 86.

El hoy ya viejo profesor conserva intactos la fama y el sentido satírico del humor y, antes de leer sus poemas, habló por los codos: «Me dediqué a la poesía con pasión durante quince años y después [después de que le retiraran una ayuda económica por los dichosos 'Abanicos'] decidí no dedicarle ni un minuto más a este oficio. Como un drogadicto que deja la droga, dejé de leer, de recibir y de escribir poesía y empecé a escribir prensa y prosa».

«A escribir se aprende escribiendo -sostiene- igual que se aprende a dibujar en los estudios de bellas artes copiando a los maestros». Él además aprendió traduciendo a los griegos clásicos y modernos (a Eurípides, a Cavafis) y a los latinos: «Mi poesía surge del mejor modelo lírico, Catulo: amor, sexo y venganzas pero con un formalismo extremo».

Esas premisas también pueden constituir una declaración de intenciones en su propia obra: «Todo es técnica. Mi formación fue el latín y el griego gracias a la Iglesia, que lo mejor que te enseña es a mentirte a ti mismo». Irreverente como una 'mosca en misa' e igual de cojonero, Irigoyen se empeñó en «desacralizar la poesía elevada a los altares por los adoradores de ridiculeces como 'los textos sagrados' de la lírica». Pero no por eso le hizo ascos a los dineros de su «querida Conferencia Episcopal» para escribirle a la Cope un 'Romancero satírico' inspirado en tontadas de la prensa del corazón y el famoseo. Así de prosaicamente recayó y volvió un día cualquiera a la poesía.

Y ella fue la que le trajo ayer de regreso a Logroño. A leerla o a vengarse: 'Podrán no ser hermosos mis poemas/ pero lo eres tú y me basta'.

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