La Rioja

En la muerte de Iván

Los años de gloria mayor de Iván Fandiño fueron tres: 2011, cuando las cuatro tardes en las Ventas, y triunfales las cuatro; 2012 y 2013, cuando fue reconocido con la Oreja de Oro que los jurados de Radio Nacional de España otorgan al triunfador de la temporada. Antes de 2011, la pelea para hacerse hueco en el mundo del toro fue pareja a la ambición. La ambición era una seguridad en sí mismo nada común. Fue clave en ese punto la forja en las capeas de pueblos de la provincia de Guadalajara, donde echó raíces de la mano de Néstor García, su único mentor o apoderado desde el primer al último día. Desde la presentación como novillero en Madrid, septiembre de 2004, a la trágica tarde en Aire sur l'Adour.

El paso efímero por la escuela taurina de Valencia o en Sanlúcar de Barrameda no dejaron en el sentido del toreo de Iván tanto poso ni tanta huella como la experiencia adquirida en el toreo popular de supervivencia, el de las capeas, que aporta recursos y reflejos. Serio, grave y formal, incluso en los alardes -los recibos a portagayola, las estocadas sin muleta- Iván se había convertido en un torero muy poderoso. Dominador de muchos palos: con la capa, el toreo de brega y el otro también, la verónica pura, y suertes menores pero no sencillas. Con la muleta, fue capaz de inspirarse y sentirse en el modelo del toreo a la distancia que César Rincón había rescatado del olvido veinte años antes, y lo practicó casi por sistema.

Fue torero silencioso. Su arrojo y su acierto con la espada le ganaron, antes del salto a la gloria, fama de estoqueador de alta escuela. En eso cumplió con el canon clásico de los toreros de hierro. Después de 2013 el negocio taurino empezó a desdeñar a Iván.

Ajeno al juego de intereses del toreo, sin llegar a ser torero marginado, Iván se vio en las dos últimas temporadas orillado: tratado en Sevilla con inusitada dureza, cerradas en las ferias españolas las puertas de los carteles mayores, solo en la Francia del sudoeste -Bayona, Dax, Mont de Marsan- pudo Iván saborear las mieles reservadas a las figuras del toreo. En una placita de las Landas lo estaba esperando la implacable parca. Un torero singular, que, de un día para otro, ha entrado en la historia del toreo.

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