La Rioja

DÁVILA MIURA, CONTRA LOS ELEMENTOS

Un discreto coro de palmas al asomar Eduardo Dávila Miura por el portón de cuadrillas. Rotas las filas después del paseo, rompió una ovación sonora y no hubo más remedio que salir a saludar al tercio. Eduardo sacó con él a Rafaelillo y Rubén Pinar. Ceremonia cumplida. Se tiene en Madrid por gafe que un espada salude antes de empezar la batalla. Y por gafe insuperable que saluden los tres. La corrida era la celebración en Madrid de los 175 años de vida de la ganadería de Miura en manos de una sola familia. El argumento, sin embargo, no era tanto lo redondo de la efeméride como el hecho de que Eduardo Dávila hubiera decidido apuntarse a la celebración. Tras nueve temporadas en retiro, Eduardo reapareció en 2015 en Pamplona para matar la corrida del cincuentenario de la divisa de la familia en sanfermines. Fue un éxito. Hace un año mató en Sevilla la corrida de Miura por parecida razón: el cincuentenario de la ganadería en la Feria de Abril. Y otro éxito. La idea de cerrar en Madrid el ciclo de celebraciones cayó por su peso. Pero.

La de Miura de Madrid no fue ni la de Pamplona ni la de Sevilla Ni la del año pasado ni el antepasado en San Isidro. Nada que ver. Ni en hechuras ni en trapío. Ni en peso: un promedio de 540 kilos en plaza de primera se antoja demasiado ligero para ser Miura. Ni en condición. Ni las formas ni el fondo. La nobleza casi pajuna del toro que rompió plaza -una impropia versión de toro artista- no es novedad en la ganadería. Sí sorprendieron para mal el renuncio y la manera de blandearse en varas del cuarto, uno de los dos toros que pasaron el listón de los 600 kilos, pero toro rollizo y atacado. Tercero y sexto no pudieron con su sombra ni su alma.

Se derrumbó el quinto solo después de un primer puyazo. Al cabo de una desafortunada lidia y ya en banderillas se fue al suelo el segundo, que, por lo que fuera, había sido protestado de salida. Fue, por cierto, el toro de más patentes reacciones propias de un miura. El quinto, el más talludo de los seis, abierto de cuerna, rodetes negros en las astas -señal de miura-, echó las manos por delante con díscolo aire, pero salió de una dura vara única derribado como en un acoso campero.

El sector torista de las Ventas se encendió en cuanto saltó la primera chispa y el castigo para la corrida fue severo: tres de los solo cuatro toros que murieron en la arena se arrastraron entre fuertes pitos. Más dolorosa fue todavía otra circunstancia: los dos sobreros tuvieron mucha más plaza que cualquiera de los seis de sorteo.

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