La Rioja

TRES RIOJANOS EN SCULTO

Félix Reyes, José Carlos Balanza y José Antonio Olarte fueron los tres artistas riojanos presentes en Sculto. Un poeta 'votre façon' que rinde tributo a la nostalgia, tratadista del pasado; un ensayista del presente que hace escultura y coquetea con la Física; y un pensador austero y esforzado, comprometido con el futuro. Sin ánimo de encasillar: un figurativo escueto, un conceptualista y un minimalista.

A Reyes se le tiene por riojano. Por el componente argumental, sus obras resultan mollares. El sentimiento de pérdida o ausencia, indefectible cosecha del paso del tiempo y la distancia, le llevaron a presentar unas instalaciones (y dibujos) que son un homenaje a la memoria de los que, sin quererse ir, se fueron para siempre; y de los amigos que están lejos, en paradero no siempre conocido. Unas escuetas figurillas de madera de abeto compartimentadas en celdillas de metal (¿ataúdes verticales?) representan a los ausentes.

A las de los muertos les pone nombre e incinera. A los amigos ausentes se las envía. Bella forma de recordación y homenaje. Una obra no hecha por encargo, sino salida muy de dentro, para dar forma a sus recuerdos. El 'happening' que protagonizaron los políticos le reportará encargos.

Juan Ramírez se preguntó hace tiempo si Balanza no sería un filósofo metido a escultor. Para mí es un artista formidable al que le pirran el ensayo y los 'penetres' en la Física. Tras cada una de sus piezas hay una meditada elaboración mental. Pero una vez materializadas se presentan tan abstractas que precisan ser explicadas, so pena que el espectador se quede in albis. Entonces el artista se explaya. La aparente simplicidad y pesantez de sus obras (hierro, soldadura, nervaduras, etc.), elaboradas con oficio de herrero virguero, alzan vuelo con los textos que, a veces por su profundidad oscura, nos recuerdan los de Heráclito o de Heidegger. Con la sinceridad que me impongo como amigo (condición que antecede a la de crítico), le recordaría la idea de Ortega y Gasset: «La claridad es la cortesía del filósofo». Debería aplicarla a sus textos para que, machihembrados con la visualización de la obra, entendiéramos sus conceptos de distancia (" el lugar donde poder estar y poder ser"), materia, tiempo, luz, etc. El primitivo hierro y los modernos vídeo-arte y multimedia de que se vale como medios de expresión artística a veces no son suficientes para meternos en la mollera esos conceptos. Y eso -más que placer, que es lo que vamos buscando en la obra de arte- origina fatiga o desentendimiento.

Olarte, ascético y tímido artista harense, lleva años, incansable, en pos de dar con nuevas formas, espacios, materiales; todo en aras del humanismo. Sus piezas de hierro, que patentizan la fuerza requerida para doblegar la materia, alientan en parte su plácido/tenso quehacer. Un niño diría: «Eso es parecido a lo que yo hago con una barra de regaliz». Un simple fardaría: «Esas formas las logro con un alambre». Un barbián se pronunciaría: «Éste ha traído los hierros doblados por el forzudo del circo». Se equivocarían.

Olarte las ha rumiado largamente, abocetado sobre papel, y su esfuerzo en la fragua ha sido enorme. Detrás de ellas hay un 'sansón' del intelecto y del trabajo. Un artista sujeto a la tensión de decirse ante la depurada filigrana: «¿Acabada?». En sus obras, de una complejísima sencillez -alejadas de la escultura estandarizada e hija de la tecnología, tan en boga hoy en día- la luz y el vacío, sin ser intrínsecos a ellas, juegan un papel esencial. Tienen la belleza de lo escueto, de lo raro, de lo inútil. Y sello propio.

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