La Rioja

EL HONOR DE LOS BUENDÍA

Nunca se había lidiado en San Isidro una corrida de Rehuelga. Sí muchas, decenas de corridas de Joaquín Buendía. Todas con el hierro original de Santa Coloma, que dio nombre al encaste. Del legado de Buendía se hicieron tres partes hace veinte años. Rehuelga es una de ellas. El ganadero, Rafael Buendía, el menor de los hijos varones de don Joaquín. El estreno fue casi un llegar y besar el santo. Casi.

Pasaron reconocimiento cinco toros y no los seis debidos. Solo que el toro de complemento, de sangre santacoloma y del hierro de San Martín, rompió plaza y los cinco de Rehuelga se jugaron seguidos. Con ese detalle se tuvo la sensación de corrida completa. El primero de los de Rehuelga, segundo de sorteo, muy astifino, no fue el mejor de los cinco, sino el de menos entrega. Fueron los cuatro restantes los que vinieron a dejar marcada la corrida. Cinqueños los cinco. Las hechuras y el estilo, bastante diferentes, pero con un denominador común: la casta. Casta que brotó a borbotones en un tercero de muy bello galopar y un sexto de codicia nada común. A partir de la aparición del tercero, el mejor hecho de los seis, la corrida se vivió como una fiesta.

La fiesta rebotó en contra de los tres matadores. Robleño salió del paso con el pegajoso, flojo y apagado toro de San Martín y se topó con una barrera de hielo cuando, firme y bien colocado, ajustó cuentas con el cuarto, librando soberbios pases de pecho que no tuvieron eco alguno. Tampoco lo tuvo una tanda final con la izquierda bien labrada.

Los mayores reproches fueron para Pérez Mota, medido pero exigido hasta la exageración en función de las calidades y no de las dificultades de los dos toros tan bravos que tuvo delante. A los dos les pegó unos cuantos muletazos de belleza formal, y con los dos tuvo que perder pasos porque esa es la ley del toro de Santa Coloma cuando no se le abre antes de embraguetarse con él.

La balanza estuvo mucho más equilibrada en el caso de Alberto Aguilar y de su faena de tú a tú con el toro de los 650 kilos. Una maravilla la manera de venirse arriba el toro sin abdicar de su nobleza. Y también la forma de remontar el ambiente el torero de Fuencarral, que había salido despedido y golpeado en solo el tercer muletazo de apertura. El esfuerzo no tuvo apenas reconocimiento. Las corridas toristas son órdagos: todo o nada.

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