La Rioja
Diego Urdiales, con el primero de su lote. :: juan carlos hidalgo/EFE
Diego Urdiales, con el primero de su lote. :: juan carlos hidalgo/EFE

Una sombra

  • Mala tarde de Diego Urdiales en Madrid con una 'victorinada' arrasada en los corrales

Tarde aciaga de Diego Urdiales ayer en Madrid en la esperadísima corrida de Victorino Martín en San Isidro. El diestro riojano apenas pudo estirarse con el capote ni la muleta en ninguno de sus toros, ni en el descastado primero ni en el bravucón y mentiroso cuarto, donde se le vio especialmente impotente o derrotado, ofreciendo la sensación de que la plaza se lo había tragado. Fue una especie de fracaso sin estrépito, como si el torero de Arnedo hubiera enviado a Las Ventas su propia sombra. La sensación de este cronista es que Urdiales, más necesitado de triunfos que casi nunca en Madrid, no compareció, como si el cambio a última hora de los toros en los corrales de Las Ventas hubiera mellado dramáticamente su moral y decidiera esfumarse tras hacer el paseíllo. Los que me conocen saben el dolor que siento al escribir estas líneas, el inmenso desgarro que me produce describir a pluma descubierta la mala tarde de un torero al que considero uno de los elegidos de la tauromaquia por su infinita capacidad para sobreponerse a las embestidas arteras y a los frenazos, tanto de los toros como los de los despachos. Pues bien, querían su cabeza, ahí la tienen, pero no esperen que haga sangre con esta crónica porque estoy completamente convencido de que como tantas veces ha sucedido, Urdiales renacerá de sus cenizas y pondrá las cosas en su sitio. Y yo se lo contaré, si Dios quiere.

Conviene explicar que a Urdiales no se le fue ningún toro de triunfo ni de claras embestidas, pero su lenguaje corporal, su apariencia de desamparo fue la clave de una disposición que contrastó con la entrega sin cuartel de Paco Ureña y la suficiencia de un Alejandro Talavante meridionalmente claro con el mejor toro de la corrida y después muy desabrido con el quinto, un victorino pajuno del irregular envío ganadero de astados mediocres del hijo del paleto de Galapagar. La corrida, en realidad, se desmembró un día antes, cuando los veterinarios de Las Ventas rechazaron cinco de los seis ejemplares escogidos con mimo en Las Tiesas de Santa María. El hecho de que Talavante estuviera en el cartel primó la búsqueda de hechuras mucho más que los kilos o las caras. Pero se impuso lo segundo y la corrida fue una verdadera escalera de tipos, edades y cornamentas, un muestrario de toros gigantes y paletones que más merecían las calles de Burjasot que el primer ruedo del mundo.

El mejor fue el segundo, el más recortado de hechuras, el más en línea morfológica de lo que le embiste a Victorino y con él Talavante fraguó una faena basada en el pitón izquierdo de mediano compromiso. Lo mejor fue la última serie al natural. La estocada muy desprendida no fue óbice para que le premiaran con una oreja de escaso relieve.

Lo mejor de la tarde sucedió en el tercer toro, un serio ejemplar muy ofensivo que tuvo casta y motor a raudales. Ureña toreó con una honradez conmovedora y logró muletazos de gran exposición quedándose siempre en el sitio para ligar. La espada, una vez más, le privó de un triunfo que tenía en la mano. Con el sexto, al igual que Talavante en el quinto, nada pudo hacer. La sensación de vacío, a esas alturas de la corrida, se había apoderado de la plaza de la misma forma que el torero riojano abandonaba, contrariado, uno de los ruedos donde ha fraguado su camino de torero cabal.

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