La Rioja

LIMPIO TRIUNFO DE GÓMEZ DEL PILAR

El mejor hecho de los seis toros de Dolores Aguirre fue el tercero. El de más peso pero mayor armonía. A las hechuras se avino la condición. De todo un poco hizo la corrida en el caballo: tardear, pelear, blandearse, escupirse. Este tercero tuvo en varas la entrega que no tuvieron los demás. Enterró pitones en la arena, casi el volatín completo; claudicó cuando, después de la segunda vara, lo corría por delante Juan Navazo, que lidiaba. Otras dos virtudes tuvo el toro que no se vio en los cinco restantes: la elasticidad, que no es común en los toros atanasios salvo para revolverse, y la fijeza en el engaño.

Con ese toro iba a llegar una faena notable por todo. Faena de poder a poder, abierta en los medios con descaro suficiente y una llamativa calma. En redondo tres ligados de mano baja y dos de remate. Una sorpresa ver torear de partida tan despacio y con tanto encaje. Una segunda tanda más densa, cuatro ligados, y el de pecho. Y una tercera mejor que las dos previas, el toro, descolgado, embarcado y librado, cuatro en redondo, un cambio de mano por delante y el de pecho cosido con él.

Las pausas entre tandas, no impostadas pero sí pensadas, muy de torero académico, pecaron por exceso. El toro acusó las transiciones y por la mano izquierda fue bastante menos claro. Ya lo había avisado en el remate de las siete verónicas de salida. De una primera tanda de solo dos naturales de ensayo y cata, salió suelto en busca de tablas. De rayas adentro fue la segunda mitad de faena, menos brillante porque tocó sujetar al toro. El dibujo de dos naturales cosidos con un farol, el de pecho y un recorte fue de torero de firma. Luego, dejó de pelear el toro. Sonó un aviso antes de la igualada. Una estocada desprendida. Una oreja.

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