La Rioja

Don Felipe el mediador

Don Felipe, doña Letizia y el resto de las autoridades aplauden a Mendoza tras recibir el Premio Cervantes. :: Juan carlos Hidalgo / EFE
Don Felipe, doña Letizia y el resto de las autoridades aplauden a Mendoza tras recibir el Premio Cervantes. :: Juan carlos Hidalgo / EFE
  • El Rey, que sorprendió con un colorido chaleco y una corbata brillante, fue el testigo incómodo de los aspavientos entre Cifuentes y Creuheras

Es sabido que la actualidad, el día a día, es capaz de eclipsar cualquier fecha señalada con anterioridad en el calendario. Dijo Eduardo Mendoza que aún no acaba de creerse lo que le está sucediendo, que lleva casi medio año -desde que se le comunicó el fallo del jurado del Premio Cervantes- tratando de digerir que su nombre acompaña ya al de los más grandes que lo precedieron, que su firma quedará ligada por siempre a quien dio vida al Caballero de la Triste Figura. Arropado por su primera mujer y madre de sus dos hijos, uno residente en Nueva York y el otro recién aterrizado de un largo viaje desde la Australia que lo acogió hace ya meses, Eduardo Mendoza era ayer un hombre feliz, que sólo se despojó de su sonrisa en momentos de emoción contenida.

No estuvo solo, es evidente. Hermanos, sobrinos y primos también recorrieron los kilómetros que hicieron falta para aplaudir y llorar con el premiado, aunque las ausencias quizás fueron más sobresalientes que las presencias. Ningún otro premio Cervantes. Así que sí, el foco estuvo allí donde estaba el titular. Cristina Cifuentes, presidenta de una Comunidad de Madrid hoy con la mancha de la corrupción, era centro de miradas y, ciertamente, no se la veía cómoda. Protagonizó, sin buscarlo, la imagen del día. Lo curioso es que esa fotografía no existe de forma oficial. Normas de la Casa Real, se acaba el acto institucional, se apartan los focos y los flashes. Frente a frente con José Creuheras, presidente del grupo Planeta, que se ha visto directamente señalado en el 'caso Lezo'.

Ayer declaró como testigo ante el juez Velasco a petición de Anticorrupción. Y vio cómo se llevaban detenido a Edmundo Rodríguez Sobrino, consejero delegado de 'La Razón', y también cómo eran imputados el presidente y el director del diario, Mauricio Casals y Francisco Marhuenda por coacciones a Cristina Cifuentes. Nada se sabe de qué hablaron Creuheras y la presidenta de la Comunidad de Madrid. Lo paradójico, anecdótico o como quiera calificarse, es que el cara a cara se produjo ante el Rey.

Dar el cante

Acabado el acto, tras entonar el coro 'Gaudeamus igitur' -al que se sumó desde el inicio el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, y Felipe VI ya en los acordes finales- y hecho el posado de rigor, una vez que comenzaban a formarse los corrillos el Rey y Cifuentes iniciaron una breve conversación a la que, de inmediato, se unió Creuheras. No fue difícil adivinar el contexto por el rostro de circunstancias de Felipe VI que primero dio la impresión de tratar de mediar y más tarde, al ver que aquello iba a más, se zafó de allí y dejó a una y a otro seguir con sus aspavientos.

Tras la charla, de unos diez minutos, la presidenta madrileña, sin mediar palabra, salió escoltada del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Él, José Creuheras, aguantó unos minutos más en el cóctel que siguió a la entrega del Premio Cervantes, un acto al que no acudió, por primera vez que se recuerde, el presidente del Gobierno. Mariano Rajoy cambió las letras por los números, y presidió la clausura de la asamblea general de la CEOE.

Así que como máxima autoridad del Gobierno se encontraba Soraya Sáenz de Santamaría, a quien alguien tendría que haberle advertido que los guantes no son buenos acompañantes en este tipo de actos en los que hay que estrechar tanta mano. Junto a ella, el ministro de Educación y Cultura, que se gustó en su discurso de presentación del premiado. El momento estelar de la jornada no lo protagonizó la aparición de la Reina, no.

Doña Letizia repitió el abrigo-vestido en tonos crudos y negro que estrenó en el desfile del Día de la Fiesta Nacional y que tanto dio que hablar en su día por el supuesto plagio (ciertamente, es idéntico) de Felipe Varela a Óscar de la Renta. Pero quien sorprendió esta vez fue el Rey. Felipe VI vistió un juvenil chaleco azul y una corbata de un color un tanto indefinido que no dejó de lanzar destellos con la luz del atril en el que pronunció su discurso oficial. Nada que ver con la sobriedad de un acto quizás menos lucido que otras veces, pero tal vez más cercano, hasta el punto de que Eduardo Mendoza se fotografió con todo aquel que lo requirió e hizo las delicias de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, al firmarle un autógrafo.