La Rioja

La pionera del teatro español cumple 150 años

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Méndez de Vigo y Carmena, con familiares de María Guerrero. / EFE

  • Actriz y empresaria, María Guerrero fue una adelantada a su tiempo que llevó a los dos lados del Atlántico a los grandes autores españoles

A punto estuvo el teatro español de perder a una de sus grandes mujeres sin ni siquiera haberse estrenado. El 28 de octubre de 1885, María Guerrero, con 18 años, debutaba en las tablas. El escenario era el teatro Princesa, y allí tenía que interpretar '¡Sin familia!', del autor galo Hector Malot. La joven, que había estudiado en el colegio de San Luis de los Franceses, había dicho que se atrevía a cantar un cuplé en el idioma del otro lado de los Pirineos. Pero cuando le llegó su turno, se quedó en blanco. El público no podía ser más selecto, estaba toda la aristocracia de Madrid, y en medio de este ataque de pánico, María Guerrero se echó a llorar. Paradójicamente, sus pucheros hicieron reír al público y eso le dio confianza, se repuso y se puso a cantar: recibió una gran ovación, la primera de una larga carrera como actriz y como empresaria.

Las anécdotas que protagonizó a lo largo de su vida esta pionera han salpicado el homenaje que este lunes, en la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento, le ha rendido el teatro español. Los actos principales han tenido lugar en el teatro que lleva su nombre, el María Guerrero de Madrid, requiebros de la historia, el mismo Princesa en el que debutó y hoy sede del Centro Dramático Nacional. "Doña María fue una gran actriz y una gran empresaria teatral que supo seguir su vocación y llevar a los actores y a los autores de aquí hasta 'los españoles del otro hemisferio', como decía la Constitución de Cádiz", ha recordado el ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo en un acto en el que se ha descubierto una placa en el Teatro María Guerrero y al que también ha asistido la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.

Fue María Guerrero una pionera que se sobrepuso a problemas de salud (un trastorno de ansiedad la alejó de los escenarios durante tres años) y un encasillamiento en las comedias que ella misma se encargó de romper cambiando de compañía en 1890 hasta convertirse en la gran dama de la escena nacional. En 1892, su carrera dio el salto que necesitaba. Volvió al Teatro de la Comedia como primera actriz, con ‘Realidad’, de Pérez Galdós (luego interpretó ‘La loca de la casa’ y La de san Quintín’, del mismo autor), y llevó a las tablas éxitos del Nobel Echagaray como ‘Mariana’ y ‘A la orilla del mar’.

Ese mismo año conoció a Fernando Díaz de Mendoza, dos veces grande de España, un aristócrata que quería ser actor y con el que María Guerrero compartió su otra gran faceta, la de empresaria teatral. En 1894 la artista se hizo con la concesión del Teatro Español y tras casarse con Díaz de Mendoza en 1896, implantaron una nueva forma de gestión. Se inventaron, por ejemplo, ‘Los sábados blancos’, para los que vendían abonos de diez sesiones y en los que se juntaba la juventud madrileña; tanto éxito tuvieron que pronto se dieron en llamar popularmente ‘Los sábados milagro’, porque todo el que iba salía con novio. En su teatro, también por primera vez, se apagaron las luces durante las funciones y se dio una nueva vida a los grandes del Siglo de Oro con los ‘Lunes clásicos’.

Mientras tanto, la compañía realizó 24 giras por Latinoamérica, aunque tantos viajes dificultaban el cumplimiento del contrato de concesión del Teatro Español con el Ayuntamiento de Madrid. Por eso, Guerrero decidió comprar el Teatro de la Princesa, entonces el más moderno de la ciudad. Fueron años de gran éxito de público, aunque las arriesgadas empresas que emprendía el matrimonio (llegaron a estrenar en la Manhattan Opera House de Nueva York con entradas al triple de precio que en cualquier otra obra, levantaron el Teatro Cervantes en Buenos Aires) también la hicieron rozar la ruina. Sin llegar al extremo de Moliére y morir sobre el escenario, María Guerrero estrenó su última obra, ‘La diabla’, el 15 de enero de 1928 en su Teatro de la Princesa. Ocho días después, murió, y su entierro en el cementerio de la Almudena fue uno de los más multitudinarios que recuerda Madrid.

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