La Rioja

Cuando Fernando VII se hundió en el lodo del balneario de Arnedillo

Cuando Fernando VII se hundió en el lodo de Arnedillo
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  • Un grave accidente sufrido por el monarca, al caer en una de las pozas de barro de la terma riojana, propició la creación del Cuerpo de Médicos Directores de Baños en toda España. Fue a través de un decreto real en 1816

El reinado de Fernando VII pudo tener su final en los baños riojanos de Arnedillo, donde el monarca más nefasto de la historia de España sufrió un grave accidente que a punto estuvo de costarle la vida. Pero quiso la suerte que el percance quedara en mera anécdota, aunque sí tuvo repercusiones en el funcionamiento de los balnearios, que en el siglo XIX causaban furor entre las clases más adineradas.

Allá por el mes de junio de 1816, se trasladó Fernando VII al balneario de Arnedillo a fin de aliviar unos pertinaces dolores que le aquejaban una pierna, pese a que aún no había cumplido los 31 años. La Casa Real conocía muy bien las propiedades curativas de las aguas medicinales que manan en Arnedillo, puesto que ya en 1748 los licenciados José Suñol y Miguel Borbón, a la sazón médicos de Fernando VI, las recetaron para la reina Bárbara de Braganza.

Cuenta el escritor Juan Perucho, en su libro 'Historias secretas de balnearios', que los galenos de la corte dispusieron «que el señor Garrido, boticario de la Real Botica, analizase dichas aguas y las remitiese con la precaución debida, sospechándose que el resultado fue excelente, pues el rey las puso bajo su protección, y el establecimiento de baños se tituló desde entonces Real, recibiendo un legado del Ilmo. Sr. D Juan de Luerno y Pinto, obispo muy enfermizo de Calahorra».

Animado por su tío, el infante Antonio Pascual de Borbón -hermano menor de Carlos IV-, acudió Fernando VII a los baños de Arnedillo para tratar su engorroso mal de gota. Con tendencia a la obesidad, el que pasaría a la historia como el 'rey felón' tenía una salud débil desde niño y, además, no se privaba de nada: fumaba compulsivamente, estaba obsesionado con el sexo y comía más de lo necesario, sobre todo carne roja; su plato favorito era el cocido.

Gota, asma y trastorno bipolar

En realidad, tres enfermedades crónicas acompañaron al monarca a lo largo de toda su vida: el asma, los trastornos bipolares de conducta y la ya mencionada gota. También estaba aquejado de una deformidad en sus partes pudendas, llamada macrosomía genital, que en palabras del escritor francés Prosper Mérimée consistía en tener «el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario». Pero nada tenía que ver esta anomalía con su querencia por los balnearios.

Por lo que respecta a la gota, que le provocaba fuertes dolores en una pierna, y dado que no tenía la fuerza de voluntad suficiente para seguir una dieta sana y equilibrada ni para practicar ejercicio físico, los médicos de palacio le suministraban colchicina -denominado 'azafrán de la pradera'- y le recomendaban baños termales y curas de sudor.

Y todo transcurría plácidamente en Arnedillo cuando, de pronto, sucedió lo inesperado. Tal y como cuenta Juan Perucho, Fernando VII «resbaló con los 'lodos famosísimos' y a punto estuvo de ser tragado por la 'macaluba' o volcán de lodo que, a la sazón, rugía como un condenado ante la perspectiva de tan real víctima». A punto estuvieron las Españas de quedarse sin rey, viudo y sin descendencia por aquel entonces, por culpa de un mal paso cuando iba a tomar un baño.

Todavía con el susto en el cuerpo, tanto el monarca como su tío Antonio Pascual de Borbón abandonaron la cuenca del Cidacos como alma que lleva el diablo y regresaron a Madrid. Ya en la villa y corte, ordenó Fernando VII la creación del Cuerpo de Médicos Directores de Baños, a quienes hacía responsables de aguas y lodos, a través de un decreto de 29 de junio.

«Afligen mi corazón»

En el citado decreto, además de loar «la abundancia de aguas minerales que (la Providencia) distribuyó en varios puntos de su vasta extensión» española, criticaba «que la ignorancia y el descuido convierten fácilmente en mortal veneno los antídotos más eficaces. Y añadía: «Testigos son los infelices que acercándose a aquellas fuentes de salud con esperanzas de alivio, se arrojan con ansia, y encuentran sólo un terrible aumento de dolores, y tal vez una muerte horrorosa por los atroces síntomas que la acompañan. Estos tristes acontecimientos se evitarán seguramente cuando a la orilla de cada uno de aquellos preciosos manantiales se halle una persona que con conocimiento de sus efectos en las diversas dolencias, sepa retener a unos y dirigir a otros en el uso de los mismos. La falta de semejantes personas es harto común en las aguas minerales de la península, y esta consideración y la de sus fatales resultas afligen mi corazón».

Las plazas «gozarán de la asignación de cinco mil reales anuales, pagados de los fondos de propios y arbitrios del pueblo inmediato a los baños». De lo que se deduce que eran los vecinos quienes pagaban la sanidad de aristócratas y burgueses.

A raíz de este primer paso legislativo, así como del interés de la Corona por el control de la sanidad, los balnearios españoles, además de centros terapéuticos, adquirieron igualmente gran fama lúdica y cultural para los más privilegiados.

Un mes después de poner en marcha el Cuerpo de Médicos Directores de Baños, el monarca ya estaba disfrutando de otro balneario. Así, 'La Gaceta de Madrid' de 30 de julio informaba «del buen estado de salud del que gozan Fernando VII y su tío en los baños de Sacedón», sitos al sur de la provincia de Guadalajara.

No hay noticias de que el rey volviera a pisar los lodos de Arnedillo, aunque hasta su muerte a los 48 años (1833) siguió visitando con frecuencia buena parte de balnearios de la península, sobre todo para aliviar los males de la gota.

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