La Rioja

PALABRAS PARA JULIA

PALABRAS PARA JULIA

La primera vez que salió a un escenario no fue capaz de articular palabra. Era solo una jovencita que creía no servir para el teatro, pero aquel era el oficio de su familia, y sus padres, Emilio e Irene, la incorporaron a la compañía de la forma más natural: simplemente una noche necesitaron que apareciera en escena con un muñeco en brazos haciendo de madre joven en 'Mariquilla Terremoto'. Después de aquella primera función vinieron otras hasta que finalmente dijo su frase. Recuerda que el regidor, para animarla, alabó lo bien que lo había hecho y el sentido que le había dado a esas pocas palabras, pero también le dijo que nadie entre el público había llegado a oír su voz.

Más de sesenta años después de la anécdota de su debut, la de Julia Gutiérrez Caba es quizás la más hermosa voz del teatro español. Posee un tono al mismo tiempo dulce y amargo capaz de colorear el significado de las palabras que pronuncia y dotarlas de una gama de expresividad inalcanzable a la semántica. Más que salir de la garganta, parece proceder, aún más honda y emotiva, del corazón mismo de esta mujer tan bella. Volver a escucharla es un precioso obsequio que yo guardaré en la memoria.

El Bretón entero aplaudió a esta grandísima actriz en su regreso. Me conmovió la ovación unánime del público tanto como me ha conmovido esta semana la absoluta soledad del italiano Giovanni Mongiano, que hizo su monólogo 'Improvisaciones de un actor que lee' pese a estar el teatro completamente vacío. Qué dos imágenes tan opuestas y poéticas del oficio de ser intérprete, de ser voz viva de una emoción y un pensamiento que no siempre encuentran destinatario.

También leyendo y también improvisando el gesto, Julia Gutiérrez Caba, junto al siempre inteligente y cálido Miguel Rellán, ofrece en 'Cartas de amor' una lección de esencia actoral digna de gran maestra, una demostración de dominio escénico y de elegancia innata y un ejercicio de entrega y naturalidad. Ella respira teatro; lo vive y lo hace vivir. La forma estrictamente epistolar en que A. R. Gurney construye esta historia de un gran amor no siempre platónico pero no especialmente original, salvo como canto a las ilusiones perdidas, y el modo en que David Serrano la hace representar como lectura dramatizada de tal correspondencia no me parecen una ventaja para los actores -que no deben memorizar el texto-, sino una dificultad diferente, obligados a transmitir directamente del papel, permaneciendo siempre sentados, separados, sin poder tocarse, sin mirarse siquiera a excepción del último momento, y apenas sin alzar la vista de las cartas. Y, pese a ello, les creo.

Yo eché de menos ver mejor a Melissa Gardner en sus ojos, pero, a cambio, en su voz pude escuchar esas otras palabras de Julia: «La cultura -así dice esta actriz de verdad su mejor frase- es lo único que puede hacer al ser humano más libre».

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