La Rioja

Alturas de Cebollera

Tommy Caggiani, Víctor Sánchez y Claudio Recabarren, en el 2005, tras actuar en la cantera de Ortigosa.
Tommy Caggiani, Víctor Sánchez y Claudio Recabarren, en el 2005, tras actuar en la cantera de Ortigosa. / J.R.
  • El pianista precursor del 'astro-arte' vuelve a tocar con Caggiani y Sánchez en la Posada de Hoyos

  • El chileno Claudio Recabarren regresa a Villoslada con un concierto de etno-jazz

Logroño. Sube a nacer conmigo... Cuando Los Jaivas subieron a la cordillera andina a interpretar in situ 'Alturas de Machu Picchu' llevaron literalmente a lo más alto el 'Canto general' que Neruda dedicó a una América sin fronteras. En la ciudadela incaica el poeta se sintió por igual chileno y peruano; se sintió americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, «una profesión de fe» para la continuación de su canto más universal. Y cuarenta años después el grupo Los Jaivas le puso música.

Otro chileno panamericano y riojano de adopción, sube ahora a las alturas de Cebollera, la sierra camerana del Iregua, con una música que canta también a una forma de hermandad aún mayor, la del hombre y la tierra, la de la Tierra y las estrellas, la de las estrellas del firmamento y aquellas otras que rigen nuestros destinos (si las hubiere).

El pianista Claudio Recabarren, precursor de lo que él ha bautizado como 'astro -arte', regresa a Villoslada al cabo de tres años para ofrecer un concierto de etno-jazz en la Posada de Hoyos de Iregua (esta noche a partir de las 22.30 h.). Actuará con su trío habitual en España, acompañado a la batería étnica por el italo-riojano Tommy Caggiani y Víctor Sánchez al contrabajo.

Son aquel mismo conjunto que Recabarren reunió cuando puso en marcha 'Música en el paisaje', la iniciativa de conciertos al aire libre que durante tres veranos (2003-2005) enriqueció la oferta cultural en la sierra riojana con recitales memorables dedicados al cosmos desde enclaves cameranos como el pórtico de la ermita de Lomos de Orios, la cantera de Ortigosa o el puente de Pradillo... Cómo no recordar el que dio él solo con su piano flotando sobre las aguas del pantano de El Rasillo en una noche casi ritual en la que pareció invocar a la luna llena para conectar el firmamento con sus viajeros.

Música para el espíritu

Miembro de una saga de intérpretes, Claudio Recabarren (Santiago de Chile, 1955) es heredero de una tradición musical y cultural que se remonta siglos atrás y que confluyó en una triada de artistas nacidos en un rincón de Chile llamado Tres Acequias, en el valle del río Maipo. Su música es producto del camino recorrido como creador comprometido con el anhelo de descubrir sus propios orígenes. Un camino que comienza junto a su abuelo y su padre, Moisés Recabarren, pianista en los años 50.

En su afán por buscar nuevos estilos y sonidos, Claudio pasó de los estudios clásicos al funk y luego al jazz en Chile y Estados Unidos, integrando en su técnica toda la experiencia adquirida para expresarse con ese lenguaje que denomina «música para el espíritu». En los 70 experimentó con el rock progresivo electrónico con el grupo Quasars. Después se introdujo en el jazz fussion y a mediados de los 90 su trayectoria cambió de rumbo. Inició un viaje espiritual y también físico que le llevó de Chile y Estados Unidos a España. Y un buen día llegó a La Rioja, a Villoslada, a Lomos de Orios, al nido del 'Pájaro' Roberto Pajares.

Su primer contacto musical con el paisaje riojano fue en verano del 2002, con un concierto en la ermita de Lomos que reproducía el que había dado el 21 de diciembre de 1999, coincidiendo con el último solsticio del milenio, en el cerro Pucará de Chena, en las ruinas de un observatorio astronómico prehispánico, lugar sagrado del pueblo mapuche. Aquel 'Arcturus Pucará' camerano -que luego grabaría con Caggiani y Sánchez- fue germen del extraordinario pero breve ciclo 'Música en el paisaje'.

Recabarren se quedó diez años en Villoslada; su casa era un remanso de musicoterapia. Luego volvió a volar; regresó a América, a Chile y Estados Unidos por temporadas. En su último paso por La Rioja (2014), 'Tierra de estrellas', otro miniciclo, reeditó fugazmente aquellas experiencias de música, paisaje y universo.

La música de este «transeúnte del universo» -así le gusta definirse- va esencialmente unida a una mística que tiene que ver con las raíces precolombinas, con la búsqueda del equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y sobre todo con un sentimiento de pertenencia al cosmos. Sostiene que «somos estrellas». Y él las comunica con su piano.

Actualmente hace música en planetarios, como la que ha compuesto para el de la Universidad de Santiago de Chile. Lo llama 'astro-arte', un concepto que ha vuelto a ponerle en órbita desde Estados Unidos a Japón.

Rumbo a Polonia para dos conciertos en el domo Copérnico de Varsovia, ha hecho escala en Villoslada. Allí dejará grabado un vídeo para la convocatoria artística 'Largarto', que su amigo Roberto Pajares, santero y escultor, celebrará este verano en Lomos de Orios. Pero antes, esta noche, volverá a tocar en vivo en la que fue y es su casa. En las alturas del Iregua. Todo un canto general para sonar con la armonía del universo.