La Rioja

LA FIRMA DE CURRO DÍAZ

Padilla, volteado por el cuarto toro, ayer en Valencia. :: efe
Padilla, volteado por el cuarto toro, ayer en Valencia. :: efe

Apenas picado pero bien sangrado, el primero de Fuente Ymbro, burraco y armado por delante, estuvo a punto de galopar. No tanto. Padilla se había hecho en plaza con una larga cambiada de rodillas en tablas. No fue la única de la tarde. Otras dos le pegó el propio Padilla al cuarto en el recibo, y ese toro sí galopó. Al toro de su reaparición, el tercero de corrida, también lo saludó Escribano con larga de rodillas en tablas, y al sexto lo esperó de salida en el tercio para intentar una nueva versión en distancia de la suerte. Acto fallido. Tal vez deslumbrado, el toro no atendió a reclamo, parece que sí a la voz, y pasó de costado sin dejar a Escribano echar siquiera la capa a volar. Un raro desaire.

En tablas, y en un viaje de ida a escape, al fin pudo Escribano largar de rodillas al toro, el único castaño dentro de una corrida de mayoría de mulatos o retintos. Fue el toro loco de la tarde. Belicoso de partida, cazado a lazo en varas, de esperar y arrear en banderillas y, en fin, loco por irse tras mucho correr de acá para allá. Tanto Padilla como Escribano banderillearon sin hacerse de rogar. En tercer y cuarto toros compartieron tercios de invitación. Doce pares de banderillas, digamos, de autor. Padilla se prodigó en violines muy celebrados. Las dos reuniones más ajustadas fueron suyas. Escribano ensayó con el tercero la suerte que le dio fama mayor: el quiebro en tablas. Suerte que le costó en su año de revelación una muy grave cornada pero que todavía aparece en su repertorio. El toro de la reaparición, en el par de cierre de tercio, no llegó ni a entrar en suerte, tan solo a cabalgar a su aire.

Fue una corrida de Fuente Ymbro con dos toros de sencillo trato: el primero de Padilla, de buen son por la mano derecha y no por la otra, y el segundo de Curro Díaz, que, un punto distraído, quiso bien y fue el más elástico de los seis. Con ese quinto, la faena de la tarde, que llevó la firma tan particular de Curro Díaz, el sello de su particular pinturería natural, la marca de la golosa pincelada en los muletazos de apertura y cierre de tandas, la gracia de la ligazón no siempre a suerte cargada pero siempre a ritmo y en muletazos templados. Gracia sin empacho. Ligera y liviana pero acompasada la muleta. El muletazo mágico de la corrida se lo había pegado Curro al segundo casi al final de faena, con la zurda firmada y enroscada, pero a este quinto le pegó unos cuantos de aquí me quedo y me encajo y me suelto. Cosas del garbo.

Escribano también cobró por abajo muletazos de profundo sentido con un tercero que desparramó la mirada demasiadas veces. Un molinete sevillano contó en el capítulo de muletazos sabrosos. Padilla se peleó sin ahorrar emociones a sus devotos. Faenas como montañas rusas, ni redondas ni cuadradas, más interminable que indescriptible la del toro burraco, y bastante dramática la del cuarto, que lo cogió en un descuido y le pegó una voltereta brutal y una cornada en el muslo. A ese toro cuarto le había hecho un heterodoxo quite por faroles.

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