La Rioja

¿PARA QUÉ SIRVE UN OBISPO?

El obispo Abilio Martínez Varea, ayer en Soria. :: maría félez
El obispo Abilio Martínez Varea, ayer en Soria. :: maría félez
  • «Pese a lo que alguno pueda llegar a pensar, los obispos nunca tienen como meta 'mandar', no son unos mandones. Quieren servir, quieren ayudar, quieren ser útiles a la Iglesia y a la sociedad haciendo bien su trabajo»

La pregunta, así tal cual, suena un tanto grosera. Habría que encasillarla en un nivel muy parecido a la pregunta de para qué sirve un presidente de Gobierno regional, un juez del Tribunal Supremo, un secretario general de un sindicato, un rector de universidad o un jefe de policía. Todo el mundo habla de estos oficios y de los personajes que los sacan adelante, cuando en realidad es muy poca la gente que sabe de verdad qué es lo que entrañan.

Todo viene a cuento de que ya desde ayer mi buen amigo Abilio Martínez Varea, cura catón a mucha honra, y servidor de nuestra diócesis riojana en diversos cargos de responsabilidad, fue consagrado -esta es la palabra castellana más adecuada- como nuevo obispo de Soria. Ahí al lado, como el que dice. ¿Qué va a hacer de ahora en adelante? ¿Lo que dice mucha gente, que el obispo es el que manda en los curas? ¿Confirmar a los chavales, algo privativo del obispo aunque con frecuencia lo delega en algunos curas?

No me resisto a recordar lo que decía uno de nuestros Premios Nobel de literatura, listo él, socarrón él, y enamorado del buen uso de esa herramienta maravillosa de comunicación que es la lengua castellana. Decía textualmente que un obispo «está para escribir cartas, recibir visitas y templar gaitas». Esto último, la primera vez que lo leí, la verdad es que me resultó chungo y simpático a la vez. Y, por supuesto, que no iba del todo desencaminado.

Un obispo es un cura que ha ejercido de cura bastantes años con lo que esto lleva consigo. Si es mínimamente listo -y en general los curas lo son aunque sin pasarse- acaba por tener un conocimiento relativamente certero de lo que es la condición humana. Suele ser un buen conocedor de su gente y ésta, a su vez, acaba por conocerlo a él bastante bien. Esto del conocer y conocerse lo traigo a colación porque es una realidad que en pocos oficios se da. Entre estos pocos figura el maestro, el médico de cabecera, el cura, y pocos más.

Esta relación del cura con sus 'feligreses' -palabreja con bastante solera- es muy singular. Tan singular que un obispo no la pierde nunca aunque al frente de una diócesis adquiere otros matices. A mí personalmente hay mucha gente en La Rioja que me pone manifiesto la cercanía y el trato personal que mantuvieron con nuestro anterior obispo, Juan José Omella, y el que mantienen hoy, pese al poco tiempo transcurrido entre nosotros, con el actual, Carlos Escribano.

Yo he tenido la oportunidad única de trabajar muy cerca de varios obispos. Todos han sido distintos y a la vez iguales. Lo explico. El primero que traté era castellano, burgalés. El segundo, asturiano. El tercero, gallego que ejercía de gallego. El cuarto, aragonés. Y el actual, don Carlos, también aragonés. Por origen, carácter, familia, estudios, costumbres, todos distintos. ¿En qué son iguales? ¿Qué les ha unido y les une a todos ellos? Bastantes cosas, pero sobre todo una que es aquella en la que yo me quiero fijar para no alargarme: el afán de servicio. Pese a lo que alguno pueda llegar a pensar, los obispos nunca tienen como meta 'mandar', no son unos mandones. Quieren servir, quieren ayudar, quieren ser útiles a la Iglesia y a la sociedad haciendo bien su trabajo. Un trabajo que ejecutan cara a Dios y con la mirada puesta en los hombres. Y sirven gobernando la diócesis que es una partecica de la Iglesia, que dicen en Aragón. Y sirven evangelizando al pueblo y ayudando a las familias a ponerse ante sus responsabilidades profesionales, familiares, laborales y sociales. Todos tienen como meta preferente a los jóvenes y a los que pasan por circunstancias cada vez más difíciles, los que llamamos pobres.

Y sirven, tirando de los curas con el ejemplo y con su ánimo estimulador, comprensivo y exigente. Y sirven también a tantos hombres y mujeres que buscan a Dios y por las razones que sean no acaban de encontrarlo.

Todo esto, y más, hará mi buen Abilio. Y para que así sea, me tendrá siempre a su lado, con mi afecto, mi consejo de cura más viejo, y con mi oración. ¡Hasta siempre, amigo!