La Rioja

A LOS HOMBRES (Y MUJERES) FUTUROS

A LOS HOMBRES (Y MUJERES) FUTUROS

En los tiempos sombríos, ¿se cantará también? -también yo me lo pregunto-. También se cantará sobre los tiempos sombríos. Como Bertolt Brecht, la desesperanza es mi único credo; creerlo todo perdido, todo imposible e inútil, mi única esperanza. Soy igualmente radical: no encuentro ninguna razón para alzar la voz antes que la injusticia. Y como Alfonso Sastre, el teatro de agitación social es el único teatro socialmente honrado en tiempos permanentemente oscuros. Frente al teatro de inhibición o el teatro sin inquietud dramática de mera ''contemplación estética para una minoría refinada'' -como ellos definieron el teatro burgués que uno combatió en la Alemania nazi y otro en la España franquista-, teatro político y forzosamente humano. Fondo y forma cogidos de la mano, estética e ideales hombro con hombro. Al infierno con los aplausos; se trata de alzar los puños. Se trata, también ahora, de cantar sobre estos tiempos sombríos.

Por eso me llenó de emoción poder presenciar 'Escuadra hacia la muerte', uno de los primeros intentos del autor de 'La mordaza' y 'La taberna fantástica' por llevar a la práctica su combativo compromiso de transformación social a través del teatro. Y, aunque su versión me dejó algo desconcertado, agradezco a Paco Azorín la valentía de dar vida a una obra casi mítica que ha estado más en las estanterías que sobre los escenarios.

Fue estrenada en 1953 por Adolfo Marsillach, Fernando Guillén, Juanjo Menéndez, Agustín González, Miguel Ángel Gil de Avalle y Félix Navarro. La censura enseguida prohibió por anticastrense este drama inspirado en la falta de libertad que Sastre sintió en el servicio militar. Un pequeño grupo de malos soldados, media docena del patíbulo, castigados por faltas graves que irán confesando, está destacado cerca de las líneas enemigas en una tercera guerra mundial. Pero pronto se verá que el verdadero enemigo son ellos mismos y, tras amotinarse y asesinar al tiránico cabo Goban, cada uno intentará escapar de la ratonera sabiendo o sin saber que ya estaban -que ya estamos- condenados de antemano.

Aquel antibelicismo inicial se revela superficial en comparación con la angustia existencialista mucho más honda que encierra: «Una escuadra hacia la muerte -proclama Pedro, el personaje más realista-. Lo éramos ya antes de comenzar la guerra. Una generación estúpidamente condenada al matadero. Estudiábamos, nos afanábamos por las cosas, pero en realidad estábamos encuadrados en una gigantesca escuadra hacia la muerte».

Sin duda interpelado por estas palabras cuyo sentido sigue siendo tan contemporáneo, Azorín subraya -quizás demasiado- su intención de presentar como actual una obra que ya es intemporal y comprometida con una crítica reflexión personal y social. El fatalismo de Sastre queda extrañamente mitigado por el positivismo de los poemas de Brecht recitados entre cuadro y cuadro. Y así, ese final abierto como una ventana a la luz deja, aunque triste, una cuestionable pero irrenunciable esperanza.

A los hombres ( y mujeres) futuros: Vosotros, que surgiréis del marasmo en el que nosotros nos hemos hundido, cuando habléis de nuestras debilidades, pensad también en los tiempos sombríos de los que os habéis escapado (...) Desgraciadamente, nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia.