La Rioja

UNA ESCENA DEL OESTE

El arqueólogo es un hombre de casi setenta años pero trepa por las lomas con la agilidad de un niño. Yo voy detrás resoplando, veo su espalda, su brazo extendido y su dedo señalando al horizonte. «El entorno no era así», me cuenta, «Esta deforestación es por la actividad ganadera de hace unos siglos». Cuando lo alcanzo miro a lo lejos y veo los montes pelados sobre los que pasan rápidas las nubes, movidas por un viento que trae polvo y silencio. No hablamos.

El paisaje de Contrebia tiene un aire misterioso y crepuscular, el mismo escenario fronterizo y desolado que llena las pantallas en las buenas películas del Oeste. En cualquier momento podría aparecer Clint Eastwood y subirse a una diligencia, pero en lugar de eso veo a Santi, el cámara, metiéndose en una cueva para grabar una buena toma. Yo sigo pegado a José Antonio, el arqueólogo que dirige los trabajos en Contrebia Leucade, que con un pequeño saltito abandona el mirador y me lleva a otra zona del yacimiento. Es un guía excepcional, porque donde sólo hay agujeros y piedras él consigue que yo vea hornacinas para cántaros, huecos para encajar vigas, lagares, torcos y rodadas de carro.

Entramos en una gran casa excavada en la montaña en la que un hombre limpia los hallazgos más recientes. Ha formado dos montones, uno con huesos de animales y otro con trozos de objetos y fragmentos de cerámica. «Mira», me dice el hombre sonriendo, «Mira esto a ver si sabes qué es». Me acerco y me enseña una pieza irregular y polvorienta que sostiene entre los dedos. Al cabo de unos segundos me doy por vencido. «Es una ostra, una ostra aquí en Contrebia, ¡y los romanos las traían frescas de la costa!». José Antonio asiente y ambos se miran con gesto de complicidad; saben el efecto que han conseguido.

De vuelta a Logroño nos acompaña el mismo paisaje deshabitado, el mismo abandono. Al llegar a Turruncún el móvil se queda inútil, pierde la cobertura y a mí me dan ganas de decirle algo a Santi, pero me quedo pensando en las ostras de Contrebia mientras miro las ruinas pasar: la iglesia desvencijada, la escuela vacía, el frontón devorado por la maleza.

- «Todos los almendros en flor», digo al fin.

- «Ya».

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