La Rioja

¡QUÉ GENTE TAN ESTUPENDA ME  HA RODEADO!

¡QUÉ GENTE TAN ESTUPENDA ME HA RODEADO!

Hace unos días fue mi cumpleaños, mi 'cumple', que dicen los chavales. Este hecho tan común me da pie para contar algo que siempre, o para ser más preciso, desde que yo estudiaba Filosofía en el seminario allá por los años cincuenta del siglo pasado, marcó buena parte de mi vida. ¡Cómo pasa el tiempo!

Por aquellos años me entró una curiosidad incontenible por todo lo que tuviese que ver con la historia. Y, como por entonces se fueron descubriendo, y dando a conocer, las burradas y bestialidades que hicieron los nazis especialmente con los judíos, me impactó emocionalmente lo siguiente, leído en un diario de los años cuarenta: «En el gueto de Lodz (Polonia), el segundo mayor después del de Varsovia, la pasada madrugada pereció ahogado en una alcantarilla un bebé que había nacido el 7 de febrero de 1942, y que unos verdugos de las SS, habían aplastado con sus botas».

Ese mismo día, ese mismo mes y ese mismo año, nací yo, lejos, muy lejos de aquellos horrores, aunque aquí tampoco estaban las cosas como para tirar cohetes o para atar a los perros con longaniza. Pero, al menos, yo lo puedo contar. Aquel pobre recién nacido, no. Y me he hecho muchas veces esta pregunta: «Por qué él sí y yo no? o ¿por qué él no y yo sí?». Creo que puedo decir -sin sacar pecho no vaya a ser que alguien me lo parta- que he sido feliz, dentro de unos límites que son los que se dan aquí abajo. Y en esa felicidad han entrado mis padres, pobres de dinero, pero muy trabajadores, muy del pueblo, que me quisieron con locura al igual que a mis hermanos. Y de esos padres, que no hicieron ninguna carrera porque no había posibles y en aquel entonces eran contados con una mano los que estudiaban de los pueblos, de ellos -digo- yo he recibido, no la ciencia -que no la tenían-, pero sí la sabiduría -que sí la tenían- y en abundancia. De ellos aprendí, como del resto de mi familia, la hombría de bien, el respeto y el amor al prójimo, la disciplina del trabajo bien hecho y bien acabado, la fortaleza ante las contrariedades -en aquel entonces había muchas-, a no quejarme. Y, sobre todo, me enseñaron a amar a Dios y al prójimo, y a hacer el bien. No siempre lo he cumplido, por mi tozudez. Pero lo que me enseñaron todo fue muy bueno.

Como también fue muy bueno lo que me enseñaron mis maestros, don Tomás y doña Carmen, y los trato así porque no estaban entonces los tiempos para tuteos pijos como ahora. Lo cierto es que me trataron -nos trataron a todos- con cariño, con exigencia y con todo el respeto del mundo. Me enseñaron a amar la naturaleza, a los animales y a las personas. Y a las matemáticas que ya he olvidado.

Y también me ayudaron mucho los profesores del seminario. Buena gente. Ninguno de ellos escribió grandes obras del saber, pero me enseñaron a llevar una vida limpia y a ser generoso con los compañeros, y a vivir una vida con una cierta disciplina. Y me enseñaron mucho los seminaristas de los que yo fui profesor y formador. ¡Cuánto exige la juventud si es que quieres ayudarla de verdad! De los chavales del 'Tomás Mingot' guardo un recuerdo muy agradecido, al igual de los ya mozos y mozas de la Escuela de Trabajo Social con los que disfrutaba unas tertulias sencillamente inolvidables.

Y debo mucho a un buen número de colegas periodistas, de los que he aprendido a buscar la verdad, a seguirla y a comunicarla sin desfallecimiento. Siempre me he movido en un clima de total libertad, y eso en estos tiempos es muy de agradecer.

Finalmente, no quiero pasarlo por alto, ¡cuánto debo a esas buenas gentes de los pueblitos que yo he atendido los domingos! Debo decir, porque es de justicia, que son ellos los que me han dado las grandes lecciones de la vida y de la muerte, de la alegría y del dolor, de la constancia y de la entrega a los demás. ¿Defectos? Por supuesto, pero ellos son la verdadera salsa de la vida, y aún la vida misma.

En suma, ya para no alargarme, ¡gracias de verdad a todos, y gracias a Dios por haberme rodeado de gente tan maravillosa!