La Rioja

LUZ QUE AGONIZA

Primera secuencia. Un travelling ampuloso se acerca a una conversación entre dos camellos sin ofrecernos referencias que nos indiquen la importancia de los personajes o cualquier tipo de pista sobre la situación. La 'steadycam' empalma el movimiento con la persecución a un niño que es acosado por un grupo de preadolescentes. Reina la confusión embellecida por el artificio.

El arranque no es prometedor si se juzga desde el recelo hacia el gesto estético, pero una vez que la cámara se aposenta y la narración fluye a través del montaje todo cobra sentido. De afuera hacia adentro, hacia el interior de la cabeza de un chico negro de madre politoxicómana y padre desconocido que es adoptado temporalmente por un traficante de crack. Es el primer episodio en la vida de Chiron, la primera etapa en un arduo proceso de descubrimiento que culmina con un corte neto y sin florituras, como si Barry Jenkins hubiese decidido minimizar el alcance poético de la elipsis denunciando la superficialidad del aparataje formal que estructuraba la progresión de 'Boyhood'.

Honestamente, creo que la admiración por 'Moonlight' y la obra de Linklater son compatibles, en tanto que ambos afinan el equilibrio en las transiciones espacio-tiempo fijando en la retina del espectador la impresión de un eco sostenido. En el caso de 'Moonlight' no pesan los diálogos, aunque es fundamental la línea en la que Mahershala Ali reflexiona sobre la forja de la identidad señalando el centro de gravedad inequívoco de una película que disuelve sus capas más rígidas (los primeros planos al rostro inescrutable de Chiron) para ofrecernos momentos de intimidad muy profundos.

Historia de amor en tres tiempos, y entre dos niños-adolescentes-hombres que no se atreven a traspasar los límites impuestos por la presión de un entorno homófobo, 'Moonlight' reconcilia el cine social afroamericano -a menudo tan grosero- con la mirada humanista de Charles Burnett.