La Rioja

«Los que mandan en el mundo parecen una mala comedia»

Josep Maria Flotats y Arnau Puig en una imagen promocional de 'Serlo o no'. :: l.r.
Josep Maria Flotats y Arnau Puig en una imagen promocional de 'Serlo o no'. :: l.r.
  • Josep Maria Flotats regresa al Bretón con 'Serlo o no', una comedia política sobre la identidad y la tolerancia a partir de la cuestión judía

  • Josep Maria Flotats Actor y director teatral

Con una de las carreras más extensas e interesantes del teatro español, Josep Maria Flotats (Barcelona, 1939), regresa hoy al Bretón, donde ya dio las últimas clases de Louis Jouvet en 'París 1940', sirvió también 'La cena' de Jean Claude Brisville y narró 'El encuentro de Descartes con Pascal joven'. Entre filósofo y poeta, siempre comprometido con el teatro de texto que mueva a la reflexión y el diálogo, lo hace ahora (a las 20.30 h.) con 'Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía', una «comedia política» del dramaturgo francés Jean Claude Grumberg sobre la identidad y la tolerancia.

-¿Por qué decidió montar esta obra?

-Porque me encontré con un texto que me conmueve y me hace reír.

-Grumberg es un viejo amigo suyo. ¿Cómo es?

-Somos grandes amigos, sí. De hecho me obsequió el texto casi antes de publicarlo y no me pude resistir. ¿Que cómo es? La crítica francesa suele decir que, de su generación, es el autor trágico más divertido.

-Y que hace 'comedia política'.

-Sí, es capaz de tratar temas graves y de reflexión a través de la ironía de la comedia. Tiene un sutil humor judío al estilo del cine americano. Él defiende que, después del horror, hay que aprender a andar, a sonreír. La risa, sobre todo la risa, no el odio. Su obra, que en parte es heredera del teatro del absurdo, está llena de pensamiento humano a través de personajes que buscan entender al otro, al diferente.

-Un autor muy conocido en Francia, pero no en España. ¿Por qué?

-No sé; es raro. Esas cosas que pasan. En Francia es de los pocos autores vivos que se estudian en los liceos. A lo mejor el culpable soy yo, siendo amigo suyo y habiendo tardado tanto en hacer algo suyo. Alguna vez lo pensé, pero sus obras requerían mucho elenco para una compañía privada.

-Esta no, es un diálogo entre dos.

-Un diálogo entre dos vecinos sin más relación que cruzarse en la escalera. Uno es un hombre ni viajado ni leído, como diría Josep Pla, y el otro es claramente un intelectual. Un día, el primero pregunta al otro: ¿Disculpe, es usted judío? Lo he visto en Internet...

- 'Para acabar con la cuestión judía' es un subtítulo chocante, resuena a 'solución final'.

-Es una provocación teñida de ese sentido del humor suyo. La cuestión, lo que a Grumberg suelen preguntarle, es en qué consiste ser judío. Y nunca sabe muy bien qué contestar, salvo ser fiel a los suyos, a su padre, a su abuelo, a sus antepasados... Pero siempre al margen de la religión y de la fe. Él no es creyente, es ateo.

-¿Qué tiene de actual esta cuestión? ¿Se entiende bien en España?

-Grumberg siempre introduce el tema judío en sus obras o al menos algún guiño. Su padre y su abuelo murieron en Auschwitz. En Francia es algo que sigue presente, seguramente más que aquí. Grumberg y yo hablamos sobre si esto interesaría en España. Pero en este caso hay mucho más que eso: se habla de identidad, de conocer y aceptar al diferente, de empatía, de tolerancia... El desconocimiento y la ignorancia son el punto de partida del odio. Tenemos el deber ético y moral de informarnos y no juzgar por tópicos idiotas y estereotipos. Creo que la tolerancia y el derecho a la diferencia es algo universal y muy contemporáneo.

-¿Qué ve en los autores franceses que no encuentra en los españoles?

-No es que tengan ni más ni menos, sino que, por mi vida y por mi formación, me siento muy relacionado a ellos, tanto clásicos como contemporáneo. Quizás tengo una comunicación más directa, pero no por el hecho de ser franceses.

-¿Cómo ve el teatro que se hace ahora en España?

-Soy un poco pesimista. Creo que menos del diez por ciento de los actores viven de este trabajo. No es posible. De otro lado, lo del 21 por ciento ya parece un tópico, pero es una condena. Lo es para muchos proyectos que no llegan a nacer porque no pueden ser rentables. Pero no es solo esto. Lo que yo veo es que en los últimos cuarenta años había habido un progreso fabuloso del teatro en España, de calidad de producciones, de posibilidades, de compañías, de trabajo... Pero desde hace casi diez años está retrocediendo en todos los sentidos: en los medios, en el cuidado, en la calidad. Después de haber llegado a equipararnos a Europa, nuestro teatro está retrocediendo en calidad. Y al mismo tiempo hay muchos más espectáculos de puro divertimento copia de la televisión. Y los actores que tienen la suerte de hacer teatro y televisión y cine y todo a la vez, pues también es a costa de la calidad.

-¿Cuál es su compromiso profesional ante esa situación?

-Lo que yo hago es aquello en lo que creo: teatro de texto, teatro de autor y teatro de contenido. Y hacerlo de la mejor manera que pueda. Y si no tengo los medios para hacerlo, no lo hago... Bueno, si un día tengo que hacerlo, pediré disculpas al público y diré, mire, no tenemos dinero ni para dos actores, no hay decorados ni luces ni nada, vamos a hacer esto como lo vi hacer una vez a un contandor de historias en la plaza de Marrakech, con un fueguito, una serpiente y la gente alrededor con sus camellos... Un contador de historias.

-Bueno, es la esencia, supongo.

-Eso es el teatro, al menos es la cuna del teatro: contar historias. Pero yo espero que esto se pueda arreglar.

-¿Solo con dinero?

-Hacen falta medios, pero en muchos casos no es solo cuestión de dinero, sino también de rigor. En muchos casos veo que el rigor va desapareciendo.

-En el Decamerón nos encerramos a contar historias mientras fuera está la peste. ¿Ocurre también hoy? ¿No parece el mundo una farsa?

-Más que el mundo, los que mandan en él, los que tiene decisión, parecen una mala comedia.

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