La Rioja

LOS HIJOS DE LA SEÑORA PARSONS

La victoria de Trump está siendo una bendición para los pobres libreros, porque desde que ganó las elecciones se han disparado las ventas de '1984', una novela magistral en la que George Orwell alerta sobre los totalitarismos. El libro es tan tétrico y tan verosímil que muchas veces te entran ganas de dejar de leerlo, meterlo en algún cajón y enterrarlo debajo de esas cosas que nunca revisas, como recibos viejos o instrucciones de electrodomésticos. Luego siempre te apartas de ese cajón y te marchas leyendo un línea más, un párrafo más, un capítulo más; es un libro tan brillante que no se no se puede dejar de leer.

'1984' se ha puesto de moda, y esto es buena noticia. Después de años en los que la literatura histórica o las novelas negras han ocupado con impasible soberbia los estantes de las librerías, alegra un poco ver un libro como este entre los más vendidos. Orwell o Bradbury nunca se fueron del todo, seguramente gracias a que la realidad tiene goteras, como dejó escrito K. Dick. En '1984' hay conceptos extraordinarios como el de los 'crimentales', delitos que se cometen sólo con el pensamiento, igual que en Corea del Norte. Y luego, claro, está lo de 'Gran Hermano'. Las muchedumbres que cada temporada pacen ruidosamente ante ese sainete televisivo ignoran con toda seguridad que el nombre del programa está sacado de '1984'. Cuando ves los índices de audiencia te da un escalofrío, porque comprendes que todas las piezas del puzzle encajan con una belleza triste y sublime a la vez.

En un pasaje del libro se anuncia la ejecución de varios prisioneros. Cuando llevan a los condenados a un parque para colgarlos, los hijos de la señora Parsons empiezan a protestar:

«-¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan?, gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad.

-¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar!, canturreaba la chiquilla mientras saltaba».

'1984' se vende ahora por la victoria de Trump, pero hace tiempo que estos niños caminan entre nosotros. Las cosas más terribles del libro no están pasando en EEUU, sino en las plazas polvorientas en las que sopla cálido, silencioso, brutal, el aliento homicida del Estado Islámico. Por sus calles arrasadas corretean todos los días los hijos de la señora Parsons. Convendría recordarlo.