La Rioja
Mujer sometiéndose a un tratamiento de belleza. :: L.R.
Mujer sometiéndose a un tratamiento de belleza. :: L.R.

Piel sana y bella, pero no a cualquier precio

  • Los avances científicos revelan la relación entre las enfermedades de la piel y otros órganos del cuerpo

logroño. La especialidad dermatológica tiene hoy uno de sus principales retos en la concienciación sobre el tratamiento adecuado de las afecciones de la piel y del cuidado de la piel sana. Una concienciación que debiera iniciarse con la destrucción de algunos errores que, por desgracia, se hallan bastante extendidos.

El primero de estos errores reside en la percepción de que los problemas de la piel son alteraciones muy localizadas, de carácter leve y de tratamiento bastante sencillo, dado que este tipo de trastornos superficiales no guarda una relación preocupante con otras partes del organismo.

Sin embargo, los avances en la investigación han ido revelando la relación entre las enfermedades de la piel y otros órganos del cuerpo, algo conocido y estudiado desde hace años. En realidad, los trastornos superficiales tienen raíces profundas y están avisando de consecuencias que, en ocasiones, pueden llegar a ser incluso graves. Es conocida ya la imbricación psicológica de varias alteraciones dermatológicas, que pueden exceder su importancia estrictamente clínica. Además, las investigaciones de los últimos años indican que algunos trastornos como la psoriasis son como factores de riesgo en problemas articulares o cardiovasculares. El descubrimiento de estas relaciones entre enfermedades de la piel y las que afectan a otros órganos del cuerpo humano cobra una especial relevancia si se tiene en cuenta que la incidencia de algunos trastornos de la piel es muy elevada (baste recordar que la psoriasis afecta a más de 125 millones de personas en el mundo), circunstancia que eleva esta situación a la categoría de problema de salud pública.

Todo ello supone una invitación a reflexionar sobre la inexcusable necesidad de confiar el tratamiento de la piel a un especialista acreditado en la materia, que es el dermatólogo. No se deben minusvalorar trastornos aparentemente leves y superficiales, porque pueden constituir un serio aviso sobre implicaciones mucho más graves y profundas. Y su tratamiento inadecuado puede acarrear muy serios disgustos.

Los dermatólogos podemos leer en la piel. Sabemos leer en la piel. Conocemos muy bien las lesiones con las que las patologías cutáneas se muestran en la piel.

Pero la dermatología se ocupa también del cuidado de la piel sana y, desde hace unos años, la sociedad está obsesionada por la belleza física. La buena imagen exterior parece una condición imprescindible para desenvolverse con acierto en ámbitos clave, como el laboral. Y, como todo lo valioso, la belleza exige el pago de un precio, a veces irracionalmente elevado.

Esta nueva situación representa, en la práctica, una oportunidad y un reto para los dermatólogos. Y es que, por su formación específica, el especialista en el cuidado de la piel es el profesional mejor preparado para definir cuál es el precio justo que los pacientes han de pagar por su objetivo estético. Sus consejos son los más indicados para frenar la epidemia de enfermedades que ha ido generando un desaforado culto a la belleza.

Como médicos, los dermatólogos estamos obligados a dirigir a nuestros pacientes para que no zozobren en ese proceloso mar de intereses creados que es actualmente el negocio de la belleza. Las inversiones en publicidad (que en muchas ocasiones no son sino la incitación a conseguir la belleza física a cualquier precio) mueven anualmente cientos de millones de euros.

Nunca se debe pagar por la belleza un precio que comprometa la salud. Si esto ocurre, estamos invirtiendo en el deterioro final de nuestra imagen, en nuestra ruina física. Que es, justamente, el objetivo contrario que se pensaba alcanzar. La buena receta está en manos del dermatólogo.

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