La Rioja

Vida y muerte bajo el narco

El escritor mexicano Javier Valdez. :: r. c.
El escritor mexicano Javier Valdez. :: r. c.
  • El periodista de Sinaloa Javier Valdez publica 'Malayerba', retrato de un México carcomido por la violencia y la droga

madrid. Asegura Javier Valdez Cárdenas que para ser periodista en Sinaloa «no basta con ser valiente». «La valentía por sí sola puede llevarte a la muerte. Por eso, un periodista debe tener una mezcla de prudencia, locura, responsabilidad y ética», cuenta este reportero, nacido en 1967 en Culiacán, capital de este Estado mexicano, origen de uno de los carteles más violentos del país. Ganador del Premio Sinaloa de Periodismo y del International Press Freedom Award del Comité para la Protección de Periodistas, Valdez ha patentado una manera de contar el narco que aúna fondo y forma: sus relatos fragmentados suenan como disparos. 'Malayerba' (Editorial Jus) recoge algunas de las crónicas más destacadas de Valdez (publicadas en el semanario 'riodoce' y en el periódico La Jornada), que si no dibujaran la realidad de México, bien podrían tomarse como cuentos casi mágicos, con niños que se divierten viendo vídeos de torturas, mujeres que buscan casarse con traficantes y camiones de marihuana que se queman dejando un aroma peculiar en todo un pueblo.

«Pero todo es verdad. Solo cambio nombres y lugares para proteger a mis contactos», cuenta Valdez, testigo de primera mano de la expansión de la violencia que ha transformado a su país. «La muerte se ha normalizado, la muerte es barata, rutinaria, y los mexicanos nos hemos empezado a comportar como si la esperáramos. Nos hemos rendido a ella y eso es lo peor que nos puede ocurrir», explica el cronista, que considera «peligrosísimo» que su país «haya interiorizado la violencia como un mecanismo de defensa». «Nos hemos convertido en una sociedad ciega y sorda», remacha.

La presencia del narcotráfico, que se remonta a las primeras décadas del siglo XX, ha marcado a sangre y fuego a generaciones enteras de compatriotas. Sin ir más lejos, se calcula que desde el 2006 la guerra entre los carteles ha dejado 150.000 muertos y 28.000 desaparecidos. «En 2008, la Facultad de Psicología de la Universidad de Sinaloa recogió testimonios de niños que rechazaban ir a la escuela 'porque no querían morir'. Y no eran hijos de analfabetos. Eran hijos de la clase media». La historia del prudente padre de familia que muere tiroteado por el conductor de otro coche que ha golpeado por detrás al suyo es un reflejo del miedo a que, en cualquier momento y lugar, pueda llegar la tragedia.

Autor de libros como 'Miss narco', 'Los morros del narco' o 'Con una granada en la boca', Valdez trabaja «con una mano en el culo». O sea, con mucho miedo. Pero pese a todo, se acerca a los personajes para arrancar de ellos su esencia. «El periodista tiene que formar parte de la historia. Por eso, uno debe saber qué puede y qué no puede escribir. La autocensura es la única manera de escribir el siguiente reportaje, y eso debe aprenderse. Olvidar el suelo que estás pisando puede llevarte a la muerte», insiste Valdez. Sus fuentes son sus familiares, sus amigos, sus compañeros de trabajo. En Sinaloa, «el narco puede ser tu vecino». Pero una vez que ha localizado su historia, el reportero se acerca a los traficantes «con respeto». «Yo no los trato como delincuentes, sino como personas. Cogen confianza conmigo y me lo cuentan todo». Con los narcos se establece un 'quid pro quo' en el que cada uno cumple con su parte del trato. Y es que los traficantes no rehuyen a los periodistas: «Quieren que se sepa quiénes son, quieren que se les respete, dar miedo, mostrar sus vehículos lujosos, sus joyas, sus mujeres».

«Ya no existe el narco rural, ahora visten ropas de marca», desvela Valdez. El Chapo Guzmán, protagonista de una trama «tragicómica», fue quizá el eslabón final de aquella especie. «Eran narcos con arraigo social que incluso podían llegar a hacer cosas por sus pueblos», dice el cronista. El cambio lo simbolizan sus hijos, Alfredo e Iván, los líderes del cartel de Sinaloa tras la detención de su padre. «Son más peligrosos que él, más agresivos y más miserables. Representan una generación partidaria de la guerra total», añade el autor.

En un país normal, la autoridad suele ser depositaria de la virtud. Pero México, queda claro, no es un país como los demás. Valdez cree que la clase política «es hija del narco» y utiliza las drogas para «encubrir las fechorías que ella misma realiza». «Ante cualquier crimen, le echan la culpa al narco, cuando pueden ser ellos quienes los han propiciado». No se salva de este análisis crítico el presidente del país, Enrique Peña Nieto. «Se jacta de detener de vez en cuando a algún cabecilla, pero los muertos siguen en la calle».

Tampoco el vecino del norte es una garantía en la lucha contra la droga. «El Gobierno de Estados Unidos está metido en el negocio. Los narcos detenidos en Estados Unidos son testigos protegidos a los que se les deja una parte del dinero mientras que los norteamericanos se quedan con otras. Las armas del narcotráfico siguen siendo gringas, y no hay narcos gringos detenidos. Y Trump es un loco, las cosas todavía irán a peor con él», vaticina Valdez. Por eso, concluye pesimista, «México es y seguirá siendo una sucursal del infierno».