La Rioja

En busca de la felicidad

Todo festival debe tener una pieza cinematográfica que se exceda lo más posible de las coordenadas ortodoxas de lo políticamente correcto. De los títulos proyectados en Actual 2017, 'The Handeman' y 'Toni Erdmann' escalan posiciones para situarse como las dos producciones que ofrecen propuestas y soluciones (o giros) narrativas de muchos quilates, que confirman que detrás de las cámara hay un cineasta exigente, de sutil estilo, Park Chan Wook, o estilizado, depurando la forma, Maren Ade, para alcanzar, por separado, y a su modo de entender el cine, cimas sugerentes, no exentas de cierta controversia.

En el pasado certamen internacional de San Sebastián, 'Toni Erdmann' se presentó en la sección 'Perlas', como no podía ser de otra manera, 'disfrazada' con los mejores elogios y las reseñas más entusiastas. Semejante palmarés de referencia no sólo quedaron autenticadas con su proyección sino que a mi modo de entender quedaron, si se me permite, cortas sus alabanzas. Tal fue el grado de sorpresa.

Hacía tiempo que no me divertía tanto en una sala de cine. El motivo principal, aparte del gamberro sentido del humor, era a causa del perfil de su personaje, Winfried (Peter Simonischek), un tipo especial, profesor de música y a punto de jubilarse. ¿Qué provoca tanta hilaridad? Desde el comienzo, su aspecto. Alto, desaliñado y descuidado en el protocolo de saber estar en los sitios. Su grotesco juego con una dentadura postiza, que se quita o se pone sin recato según le conviene y en los ambientes más selectos, es uno de sus chuscos rasgos, como su afición a la impostura y la mascarada. Cualidades transgresoras y provocadoras y no aptas para todos los temperamentos.

Maren Ade, la realizadora, se sirve de un tipo involuntariamente cutre como estrategia. Para desmitificar la facilidad con la que el sistema capitalista se adapta en cualquier lugar y para lograr que su hija escape de esa jungla.

Winfried es también una persona solitaria. Su amado y cariñoso perro Willi se muere. Y su madre tiene una avanzada edad. Su exmujer está de nuevo felizmente casada. Y su hija Inés (Sandra Hüller), ejecutiva de una empresa de consultoría, permanentemente atada a un móvil y trabajando con una competitividad devoradora. En una visita relámpago, padre e hija contactan, pero no hay entusiasmo ni cariño. Incluso el padre detecta en su hija un distanciamiento de la realidad. Inés no sabe lo que es la felicidad. Lo ignora. Para remediarlo, Winfried, inasequible al desaliento, se presenta en Bucarest, donde su hija ultima la externalización de una empresa rumana, modifica su aspecto y se hace llamar, Toni Erdemann, sembrando el desconcierto entre la flor y nata de empresarios y representantes económicos.

Esta maniobra le permite a la cineasta entrar de lleno en una situación en la que el absurdo más rampante se mofa de ejecutivos, esposas de poderosos hombres de las finanzas y de toda la órbita de los negocios. Pero la sátira no sólo se queda en el enjuage financiero sino que a la vez quiere desarrollar un discurso acerca de la Europa de las dos velocidades. Del poder que manifiesta Inés, alemana, entrenada para arrasar allí donde la destinan. Mientras que Toni Erdmann, con sus extravagancias y mamarrachadas adquiere una dimensión simbólica, intentando recuperar el tiempo perdido de su hija engullida por una esfera inhumana y cínica, desfigurando el glamour capitalista y tronchándose del poderío de directivos sin piedad. Y mientras, la felicidad está en juego.

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